Pregunto a un amigo mío sobre su árbol favorito, él responde que no tiene uno solo, que dependiendo del estado de ánimo, la situación, época del año prefiere unos sobre otros, pero que cualquier planta, arbusto, cactus le merece respeto, así como cualquier ser vivo de este planeta. No debería sorprenderme su respuesta, porque de esta forma tendría que ser para todos.
Varias veces he hablado de la similitud de la vegetación de la Península con la del Archipiélago encantado. Y no es coincidencia por supuesto.
Muchas de las especies que colonizaron las islas millones de años atrás tuvieron que llegar de las costas más cercanas, es decir, de Ecuador y Panamá, ambas a 1.000 kilómetros de Galápagos.
Además, las plantas que lograron adaptarse al nuevo ambiente galapagueño fueron justamente aquellas que venían de hábitats similares, de bosques secos tropicales, de zonas áridas expuestas a largos meses de sequía.
Así tenemos palo santo, matasarnos, algodón, muyuyos, algarrobos, acacias, tunas, entre tantas otras especies compartidas a ambos lados del océano que separan las islas del continente.
La gran diferencia radica en que nuestra Península ha estado habitada durante miles de años, y los paisajes que vemos hoy han sido alterados por el ser humano.
Los árboles cada vez son menos; se han talado por milenios, para distintos usos, por diversas causas, pero el nivel de deforestación de la Península es espeluznante.
Reforestación
En abril del 2007, un grupo de personas decidió formar la Asociación de agricultores autónomos El Descanso del Cascol, con el propósito de, entre otras cosas, reforestar una pequeña parcela de la Península. Treinta y seis hombres y mujeres solicitaron autorización del Municipio de Salinas para comenzar los trámites de posesión de 40 hectáreas de tierra en el sector de Punta Carnero.
Los terrenos fueron limpiados para que se hicieran las mediciones topográficas correspondientes, luego de las cuales, personal del Cabildo puso los hitos que delimitaban los diferentes terrenos, basados en coordenadas de sus planos oficiales.
La asociación presentó un plan de producción agrícola forestal, comprometiéndose a reforestar el 30% con árboles ancestrales.
Se compraron las carpetas oficiales para comenzar los trámites legales de alquiler o compra, mientras poco a poco empezaban a llegar los diferentes arbolitos al lugar.
Se sembraron matasarnos, palo santos, algarrobos, guayacanes, muyuyos, todas especies nativas del bosque seco tropical, cada vez más raras y difíciles de encontrar.
Cabe anotar que en el sector no hay agua de riego, por lo que los asociados debían tomarse el trabajo de ir de plantita en plantita regando con agua de pozo acarreada por un tractor de uso comunitario.
Cada arbustito contaba con su protección contra la salinidad y contra el viento, una cobertura de tela o plástico que la protegiera hasta que llegara a cierto tamaño y madurez.
Hasta mediados de agosto, 1.350 plantitas habían sido sembradas, muchas medían ya entre 60 y 120 centímetros, y empezaban a alegrar esa zona antes desnuda de vida, poblada solo por viento y arena.
Entre las noches del 21 y 22 de agosto, 650 arbolitos fueron extraídos del lugar.
Como única evidencia de su paso por esas tierras quedaron los huecos cavados a mano, uno por uno, por los hombres y mujeres de la asociación del Cascol.
¿Quién se llevó las plantitas? La asociación aduce que se retiraron los 650 arbolitos, los mismos que días después fueron reconocidos en viveros municipales; aún tenían las fundas de plástico que los asociados habían colocado para proteger las raíces. Ahí estaban, en el Centro Gerontológico de Anconcito y en el vivero de Muey, como lo reportaran Brisa TV y el doctor César Montenegro de radio Voz de la Península.
Al momento en que se arrebataron las plantas, la asociación contaba con un amparo constitucional; todo amparo protege cualquier trabajo y cultivo hasta que el Tribunal Constitucional decida en justicia o derecho. Por lo que la extracción de las plantitas se habría ido contra ello.
Triste desarraigo
Pero yo no deseo discutir de legalidades, sino de vida. Había 650 arbolitos, de especies que han habitado la Península desde antes que el hombre llegara, y que por el hombre se están perdiendo.
Por fin, una asociación de ecuatorianos y ecuatorianas se había fijado el propósito de reforestar una pequeña parcela, al fin estas plantitas ancestrales reconquistaban su tierra originaria. Y cuando ya empezaban a estirarse hacia el sol, las desarraigan. Esto no puede catalogarse de otra manera que como un crimen, un crimen contra la vida.