Es un calvario vivir en zonas “residenciales” que ahora están llenas de todo tipo de negocios comerciales, como sucede en Urdesa Central, Alborada, Kennedy, donde además pasan muchas líneas de buses y colectivos, convirtiéndose el ambiente en perennemente ruidoso, estresante, que irrita los nervios de las familias que habitamos esas ciudadelas.
Pitazos no solo de conductores de vehículos para pedir a los demás que les abran el paso, sino de sujetos desconsiderados que a cualquier hora del día o la madrugada pegan la mano a las bocinas de sus automotores para llamar la atención a sus amigos; además de los estridentes sonidos de sirenas o alarmas de carros, negocios que se activan hasta con el soplo del viento; pasando por la salsa, merengue, rock metálico, que revienta los oídos y provienen de discotecas, “cafés” o sandwicherías o restaurantes donde se expenden tragos; hasta las radios de los carros de sujetos que se instalan en plena calle a consumir sándwiches o alcohol, y “alegran” su momento con esos estrepitosos ruidos.
En Urdesa, concretamente, esto se vive a diario sobre todo en la avenida Víctor Emilio Estrada, donde ciertos negocios de comida dan pésima vecindad porque sus dueños ponen todo el día, y al volumen más potente, música en idiomas raros y protagonizan escándalos sin que nadie logre callarlos.
Cuando se llama al 911, solo contesta una voz de grabadora que dice que el número está fuera de servicio, y las pocas veces que uno logra contactarlos prometen que enviarán patrullas a poner orden, pero nunca van; y si por milagro llegan a aparecer, enseguida los negocios bajan el volumen de sus equipos musicales, pero cuando la patrulla se va, vuelve el infierno. Dejé de llamar también a la Policía Municipal, pues cuando han aparecido tipos parqueados afuera de nuestras casas, bebiendo en la vereda y con las radios de sus carros sonando altísimo en la madrugada, me han dicho de todo, hasta: “no podemos hacer nada, es fin de semana y cómo vamos a pedirle a la gente que deje de celebrar”. ¡Sí que Guayaquil es ciudad de nadie!, sin ley ni autoridad.
José Villavicencio,
Guayaquil