Monseñor Juan Larrea Holguín, ex arzobispo de Guayaquil, acaba de cumplir un año de su partida; quiero compartir el privilegio de haberlo conocido en el Hospital de Solca.
Todos los sábados, como sencillo capellán vestido sin ornamentos de su alta jerarquía eclesiástica, visitaba todas las salas confesando a los pacientes que lo requerían. Luego bajaba a la capilla a celebrar la misa. Lo ayudaba con la primera lectura y el salmo. Luego él volvía a subir para dar la comunión. Su actividad la realizaba con humildad y esperanza para los pacientes con esa enfermedad. Un sábado me dijo: “... esta es la última misa que celebro en este hospital..., me voy a vivir a Quito”. Después lo veía por televisión, con buen semblante de recuperación, dando sabios mensajes. De pronto, la noticia de su muerte. Él nos dejó huellas. A mí me han hecho crecer como cristiano; lo hice como educador por más de 45 años y hoy las comparto como paciente con mis hermanos de Solca. Es difícil hablar de cáncer si no lo sintió en carne propia o por algún familiar; por eso monseñor se identificó con los que lo padecen, de ahí su palabra de fortaleza, confianza en Dios de que aún en los peores momentos de nuestra existencia, hay siempre la puerta abierta de su misericordia y la certeza de que compartiremos un día su reino.
Daniel Ramírez Rodríguez,
profesor jubilado, Guayaquil