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Conducta consciente e impulsos inconscientes

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Agosto 19, 2007

Por BENEDICT CAREY

En un experimento reciente, psicólogos en la Universidad de Yale alteraron el juicio de las personas sobre un extraño, al entregarles una taza de café.

Los estudiantes universitarios que participaron en el estudio no tenían idea de que sus instintos sociales eran manipulados deliberadamente. Camino al laboratorio, se habían topado con un asistente de laboratorio, que llevaba libros de texto, un sujetapapeles, papeles y una taza de café caliente o helado y que les pidió ayuda con la taza.

Con eso fue suficiente: los estudiantes que sostuvieron la taza de café helado calificaron como mucho más fría, menos social y más egoísta a una persona hipotética sobre la que leyeron más tarde, que los estudiantes que sostuvieron momentáneamente la taza de café caliente.

Hallazgos como éste, pese a lo improbables que puedan parecer, han abundado en la investigación del ramo psicológico en los últimos años. Nuevos estudios han encontrado que las personas limpian de manera más exhaustiva cuando se puede percibir en el aire un tenue aroma a líquido limpiador; se vuelven más competitivas si hay un maletín a la vista, o más cooperativas si ven palabras como “confiable” y “apoyo”. Todo ello sin estar conscientes del cambio, o de qué lo suscitó.

Los psicólogos dicen que “preparar” a las personas de esta manera no es ninguna forma de hipnotismo y ni siquiera seducción subliminal; más bien, es una demostración de cómo lo que se ve, se huele y se oye de manera cotidiana puede activar, de manera selectiva, metas o motivos que las personas ya poseen.

De manera más fundamental, los nuevos estudios revelan un cerebro subconsciente que es mucho más activo, decidido e independiente de lo que se sabía con anterioridad. Las metas, ya sea comer, aparearse o beber un café helado, son como programas de software neuronal que se pueden ejecutar sólo uno a la vez, y el inconsciente ejecuta el programa que elige.

El tira y afloja entre estas decisiones inconscientes y nuestros objetivos racionales y conscientes puede ayudar a explicar algunas de las realidades más desconcertantes del comportamiento, como el porqué podemos ser generosos un instante y mezquinos al siguiente, o actuar de manera grosera en una cena con invitados cuando estamos convencidos de que emanamos encanto.

“Cuando se trata de nuestro comportamiento de un momento a otro, la gran pregunta es: ‘¿Qué hacer a continuación?’”, dijo John A. Bargh, catedrático de psicología en la Universidad de Yale y autor, con Lawrence Williams, del estudio del café, presentado en una reciente conferencia de psicología. “Bueno, hallamos que tenemos estos sistemas de guía conductual inconsciente que continuamente proporcionan sugerencias a lo largo del día sobre qué hacer a continuación, y el cerebro las considera y con frecuencia actúa en base a las mismas, todo ello antes de un conocimiento consciente.

“En ocasiones, esos objetivos están en línea con nuestras intenciones y propósitos conscientes, y a veces no”, agregó Bargh.

Algunos científicos también advierten de no exagerar las implicaciones de la investigación más reciente sobre preparar el camino para metas inconscientes.

La nueva investigación “no demuestra que la conciencia jamás hace nada”, escribió Roy Baumeister, catedrático de psicología en la Universidad Estatal de Florida, vía correo electrónico. “Es como mostrar que puede manipular los cables de un auto para encenderlo sin llave.

Es una información importante y potencialmente útil, pero no demuestra que las llaves no existen o que son inútiles”.

Él y la mayoría en el campo ahora coinciden en que se ha vuelto abrumadora la evidencia de esa “manipulación de cables” psicológica.

En un experimento, dado a conocer en 2005, psicólogos holandeses hicieron que estudiantes universitarios se sentaran en un cubículo para llenar un cuestionario.

Oculto en la habitación había una cubeta de agua con unas gotas de líquido para limpiar con aroma a cítricos. Después de completar el cuestionario, los jóvenes comieron una galleta que se desmoronaba con facilidad, entregado por miembros del personal del laboratorio.

Los investigadores filmaron secretamente la hora del refrigerio y encontraron que estos estudiantes limpiaron los restos de la galleta con una frecuencia tres veces mayor que un grupo de comparación, que había llenado el mismo cuestionario en una habitación que no tenía aroma de limpiador.

“Ése es un efecto muy grande”, dijo Henk Aarts, psicólogo en la Universidad de Utrecht y autor titular del estudio, “y realmente no tenían idea de que lo estaban haciendo”.


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