Poco escapa al ojo observador de las cámaras en Inglaterra
Es probable que, con cámaras como silenciosos vigías en tantas esquinas de calles londinenses, la policía dispusiera de por lo menos unas cuantas imágenes de los hombres que llenaron dos autos Mercedes con gasolina, cilindros de gas y clavos y los estacionaron en el West End, barrio de vida nocturna, a fines de junio.
Pero no tuvo que distribuir fotografías borrosas a la población, como lo ha hecho tras otros ataques terroristas, para ayudar a rastrear a los sospechosos.
Esta vez, de acuerdo con expertos en seguridad, los terroristas dejaron algo aún más fácil de rastrear: teléfonos celulares que debían detonar los explosivos y contenían una multitud de números almacenados en su memoria.
Tal vez ello explique por qué esta conspiración no ha suscitado otra ola de llamados a intensificar la vigilancia en video en Gran Bretaña, o quizás simplemente demuestre que, tras una década de convertir a la sociedad británica en una especie de película casera colectiva permanente, poca cosa escapa al ojo de la cámara.
En Gran Bretaña, la vigilancia en video es ampliamente aceptada, vista más como un hecho normal de la vida que como una intrusión orwelliana. Se estima que, en Londres, 4,2 millones de cámaras de televisión a circuito cerrado (CCTV) están instaladas como parte del llamado Anillo de Acero de la ciudad. Allí, las cámaras pueden captar a una persona cientos de veces al día.
No obstante, la índole absolutamente inesperada de la conspiración más reciente —orquestada por un círculo de médicos de origen medio oriental e hindú— ofrece una lección respecto a la vigilancia en video: funciona mejor para resolver crímenes que para disuadir a criminales, particularmente en el caso de terroristas islámicos resueltos a importar la guerra santa a las calles británicas.
“Ya no se acepta la idea de la CCTV como herramienta de disuasión para algo así”, expresó David Murakami Wood, experto en vigilancia en video, de la Universidad de Newcastle, quien colaboró en la redacción de un reporte sobre la diseminación de la CCTV para la comisión británica de información.
“Si crees que no va a ver un mañana, te va a dar igual que la cámara te capte”.
Los defensores de la vigilancia en video indican que ha contribuido a una reducción a largo plazo de muchos otros delitos.
Los ladrones de autos, en particular, parecen desalentados por la prevalencia de cámaras en los postes de luz. Pero Murakami Wood señaló que la incidencia de crímenes violentos aumentó ligera mente el año pasado.
Así como no impide muchos delitos, la vigilancia en video también parece ejercer menos efecto en el comportamiento humano común y corriente que lo que temían los críticos cuando Gran Bretaña empezó a instalar las cámaras a gran escala tras un par de bombazos del Ejército Republicano Irlandés, en 1993 y 1994. “Hubo un debate acerca de si disuadiría a la gente normal de hacer cosas en lugares públicos”, explicó Murakami Wood. “Pero no ha propiciado la conformidad, como algunos lo preveían”.
Ésa es una buena noticia para gente como él, preocupada por la erosión a la privacidad del usuario de metro común y corriente, sin mencionar a las parejas a las que se les antoja tener un amorío nocturno en la calle afuera de un pub. Por otro lado, quienes consideran que el monitoreo por CCTV conlleva beneficios sociales ven preocupante la noticia de que la gente se vuelva inmune a la mirada de la cámara.
Recientemente, las autoridades han empezado a equipar algunas cámaras con bocinas, que permiten que monitores humanos reprendan a las personas sorprendidas al tirar basura o protagonizar una reyerta en la vía pública. La teoría es que las “cámaras gritonas” son más difíciles de ignorar, pero sus detractores afirman que rebasan la línea que separa prevención criminal y abuso público.
Sea como sea, la seguridad parece llevar la delantera en su eterno estire y afloje con la privacidad. De acuerdo con expertos, la próxima ola de CCTV permitirá conjuntar la vigilancia tradicional y el software computacional con el fin de que las cámaras puedan detectar mejor comportamientos sospechosos que pueden anteceder a un delito.
Entre las aplicaciones más avanzadas figuran cámaras que pueden ser programadas para buscar objetos específicos —una bolsa o maleta sin dueño en una estación de metro— o a personas con actitudes sospechosas.
También están en desarrollo cámaras capaces de reconocer rasgos físicos, aunque su eficacia se ha visto limitada por la impredecible luz natural en espacios exteriores.
El problema, por supuesto, es que el perfil de un bombardero suicida en potencia cambia continuamente, lo que puede explicar por qué las imágenes más dramáticas de los ataques de junio se dieron sólo luego de que un médico de origen iraquí chocó un Jeep contra una terminal del aeropuerto de Glasgow, Escocia, y le prendió fuego.