Exposición. La muestra se exhibe en las salas del Museo Municipal hasta el próximo 25 de agosto.
Es probable que el análisis más prudente del Salón de Julio de este año sea uno que nos permita sacar algunas conclusiones del estado de cosas actual en nuestra escena. Creo que existe una suerte de consenso de opiniones en torno a lo flojo de esta edición, y esto va más allá de cuantas obras sobran o cuales de las meritorias no entraron; es que simplemente en su conjunto la exposición como tal no inquieta, no moviliza, no emplaza, no afecta.
Siendo el salón más débil desde que se percibe una nueva orientación de rescate del evento, vale aquí observar que el alto nivel de los jurados involucrados –por lo general figuras internacionales reconocidas y artistas/gestores inobjetables de nuestro medio– no parece ser suficiente para garantizar un resultado alentador. Y esto tiene a mi parecer por lo menos tres explicaciones medulares.
Primero, la inconstante participación de los artistas emergentes con mayor proyección, sumado al repliegue de los artistas posicionados que se encuentran en la mitad de su carrera.
Segundo, las inconsistencias aún patentes en los estudiantes de arte que participan (falta de grosor poético y de densidad conceptual-metafórica por partes iguales, propuestas sin decantar y desarrolladas al apuro). Y tercero, algo que es muy sencillo y que considero imprescindible dado el desconocimiento del medio de los jurados (lo cual puede generar posturas condescendientes): sería importante que el Museo emitiera una clara consigna a quienes contrata enfatizando lo que aspiran de su labor, una simple encomienda aclarando que lo que se busca es un salón de obras meritorias y no mediocres, más o menos, ni fu ni fa, o que pasen pero que no convenzan.
Si hay que tener un salón de 18 obras en lugar de 27 –como a mi juicio debió ser este– pues ese es el precio a pagar en pos de elevar la barra del rigor y exigencia para todos.
Este punto es uno que suele manipularse, aduciendo un concepto inaplicable de “democracia” por quienes sostienen que el evento debe ser más inclusivo y albergar un número muy superior de obras.
Para entender aquello hay que volver a las raíces de este asunto y recordar que el concepto de “salón” lo heredamos de la Francia del siglo XVII (el primer salón data de 1673) y se fundamenta justamente en la aplicación de un estricto tamiz por parte de un grupo de entendidos.
Aunque estos mecanismos de fomento y difusión resulten un tanto inadecuados a las dinámicas actuales del mundo del arte, la contraparte del peso de su tradición se convierte en un obstáculo de transformación. La cosa es que a un salón se debe entrar por méritos (no es un festival, para eso está el FAAL), el aspecto democrático reside en la posibilidad de participar, abierta a todos, pero el concepto mismo de salón conlleva la implementación de un criterio de selección, conformado por el conjunto de subjetividades informadas de quienes integran un jurado. Me pregunto cómo se sentirían los artistas rechazados si se hubieran admitido 100 de las 214 obras receptadas, ¿mejor o peor?
Me resulta interesante remitirme a algo de “trivia” para ponderar otros aspectos en torno a lo que significa un primer premio. Desde 1959 en que se instaura el Salón, solo tres mujeres han ganado el primer premio de pintura: Mariella García (1981), Helen Constante (2001) y ahora Gabriela Chérrez. (En la presente edición la admisión de mujeres es tal vez la más alta de la historia, 9 participantes cuando hemos tenido un máximo de 4 en años recientes).
Con esto quiero relievar algo que fácilmente olvidamos, ningún premio es garantía de proyección futura y por ende debemos ponderar con mesura a quienes obtienen los galardones, despojarnos de la nociva tendencia de validación temprana, apresurada legitimación y tono laudatorio con que se articulan públicamente estos fenómenos.
En su largo recorrido así como el Salón ha visto consolidarse a algunas de las figuras más sobresalientes de nuestra plástica, por el mismo también han desfilado no solo nombres totalmente sobrevalorados sino además muchos que se han esfumado sin pena ni gloria del panorama cultural. Es por esto que prefiero hablar del Salón como una muestra y no discutir el orden del medallero, un palmarés que hay que tomar con beneficio de inventario y que –dada la heterogénea naturaleza del arte actual– puede cambiar de manera brusca con tan solo variar un miembro del jurado.
Puedo decir que las obras que más me inquietan e interesan son las de Chérrez (primer premio), Peña-Chonillo y Coello, pero con la conciencia clara de que aquello parte de cómo se ha informado y formado mi subjetividad, de lo que considero pertinente y que siento me aporta perspectivas inesperadas para reflejar distintos aspectos del momento histórico y cultural que vivimos.
Me resultan sintomáticas de una candidez enternecedora las posturas de condena hacia la obra ganadora dada la crudeza de la temática sexual que aborda, la mayoría de ellas parte de un profundo desconocimiento de toda una tradición de décadas de arte feminista (inclusive de la manera como se aborda lo erótico desde el arte egipcio hasta nuestros días) y desecha su perspectiva más valiosa: esta obra posibilita un diálogo entre las diversas corrientes de teoría feminista y el descalce que se produce entre estas y una manera de entender y relacionarse con la sexualidad en nuestro entramado popular.
Emplea ingeniosamente diversos recursos (estrategias de apropiación, esmalte de uñas como medio de representación y baldosines de cocina como soporte) para representar conductas sexuales subsumidas bajo el manto del decoro, abriendo brechas con el talante de los discursos eurocéntricos de empoderamiento femenino.
Me resulta increíble que las opiniones contrapuestas se afinquen en un uruchupismo moral por un lado y en un esencialismo artístico por otro. Bajo esos criterios el día de mañana se querrá censurar, por ejemplo, la poesía libidinalmente cargada de Fernando Artieda.
Puedo respetar y diferir de cualquier otro criterio en el que intuya ha intervenido un serio trabajo de reflexión y acumulación de conocimiento (la importancia de una obra también reside en su potencial de generar una discusión productiva), pero a su vez no considero válidas opiniones pronunciadas a partir del simple “gusto”, y mucho menos desde posturas que no toman en cuenta las complejidades y discusiones que atraviesan el mundo del arte hoy en día.
LUGAR
El Museo Municipal está ubicado en Sucre entre Chile y Pedro Carbo.
HORARIO
Atiende de martes a sábado, de 09:00 a 17:30.