Martes 14 de agosto del 2007 Cartas al Director

Aprendamos a ser todos pelucones ejemplares

En el buen sentido de la palabra

En uno de los centros comerciales de la ciudad pude observar a un niño de unos 8 años, que andaba con sus padres y usaba una camiseta con los colores de la bandera de Guayaquil, y en la parte inferior tenía la leyenda: “Aspirante a pelucón”. Me pareció quizás ingeniosa la idea como una broma, pero luego, reflexionando, la veo como una idea positiva, pues en la forma como se quiere imponer una división de clases sociales; los pobres son los que no tienen nada, viven en la miseria, los que no estudian porque sus padres prefieren que pidan caridad en cada esquina, que no hacen nada por superarse, que esperan que el Gobierno les dé todo sin mayor esfuerzo.

Pero pelucones –salvo las excepciones de rigor– somos las personas que a base de años de estudio, sacrificio y trabajo hemos conseguido ciertas comodidades como una casa, un carro, y que nuestros hijos tengan una buena educación; a pesar de que en nuestros duros inicios también fuimos muy pobres y logramos salir adelante con el esfuerzo de nuestros padres.

En nuestro medio existen muchísimos ejemplos de profesionales de prestigio que vivieron en el suburbio majando lodo, cargando agua en baldes desde piletas, que estudiaron en escuelas fiscales y en colegios nacionales. Ahora las escuelas y colegios nocturnos están vacíos porque los muchachos (y sus padres) prefieren la vida fácil de la mendicidad.

Recién se piensa implementar nuevos programas para que los bachilleres puedan trabajar al salir del colegio; pero hace treinta o cuarenta años apenas terminábamos el bachillerato ya estábamos en capacidad de salir a trabajar, porque había buenos profesores en los colegios y teníamos  necesidad de ayudar a mantener a nuestras familias.

No enfrentemos a ricos contra pobres, más bien tratemos que los pobres aspiren a ser pelucones con esfuerzo y dedicación. Como dice el refrán: “No demos un pescado, sino enseñemos a pescar”. Esa debe ser la meta de los gobiernos. Y eso es lo que ha dado resultado en los países asiáticos donde el índice de analfabetismo ha llegado a niveles ínfimos. Corea, China, Hong Kong, Taiwán y el mismo Japón que quedó tan destruido después de la Segunda Guerra Mundial  son ejemplos  de que la educación es lo único que puede sacar de la ignorancia a los pueblos. ¿ O será que no es eso lo que se quiere en nuestros gobiernos populistas latinoamericanos? Nosotros tenemos la última palabra.

Inculquemos a nuestros hijos que con estudio, sacrificio, mucho esfuerzo y respeto, pueden aspirar a ser pelucones, en el buen sentido de la palabra. Conformándose con aceptar  limosnas, siempre seguirán siendo muy pobres, nunca evitarán el resentimiento social contra los que algo tienen y jamás podrán llegar a tener una mejor vida.

Arturo Arias Icaza,
ingeniero, Guayaquil
 

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