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Edición del DOMINGO 12 de Agosto del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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American Field Service, vivencias que ayudan a construir la paz mundial
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Gerardo Moncayo
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Hace 60 años

Texto: Manuela Botero

Participar en un intercambio en el extranjero marca profundamente la vida de los jóvenes participantes, quienes a través de esta experiencia abren sus ojos a nuevas culturas y vivencias.

Juan Rodríguez lo dice con toda certeza: “Somos la primera organización en Ecuador en dedicarnos a los intercambios interculturales”.

Rodríguez es el director nacional de AFS Ecuador, una organización que surgió durante la I Guerra Mundial cuando un grupo de voluntarios estadounidenses formó un cuerpo de choferes de ambulancia que prestó sus servicios en varios países europeos. Una vez concluida la II Guerra Mundial los voluntarios creyeron importante continuar promoviendo el acercamiento de los pueblos del mundo a través de un sistema de intercambios de jóvenes.

En el 2008 se cumplen 60 años desde que Ecuador, primer país latinoamericano en participar de este programa, envió a su primer pupilo: Gerardo Moncayo Moncayo, nieto del general de la Revolución Liberal Julio Andrade, quien ganó en 1948 el concurso de merecimientos (ver recuadro).

Hoy en día más de 2.000 estudiantes ecuatorianos han tenido la experiencia de vivir en otros países (actualmente el programa tiene una red de 50 países) y sumergirse a fondo en otras culturas.

La oferta programática principal de AFS Ecuador es el Programa del Año, que consiste en un año lectivo en un colegio secundario y la convivencia con una familia anfitriona. Otro plan central de la organización es el Programa de Servicio Comunitario, que dura seis meses.

Precisamente por estos días llega un ‘contingente’ de 91 chicos que escogieron  Ecuador como destino para su intercambio intercultural. “Son de 18 nacionalidades diferentes: de Japón, Estados Unidos, Canadá, Italia, Alemania”, explica Rodríguez, quien está pendiente de todos los detalles con las familias que voluntariamente los recibirán, sin costo.

“Ellos se ofrecen porque tienen la posibilidad de ponerse en contacto con una persona de otro país, de tener un aprendizaje mutuo, sin moverse de su casa”, explica Rodríguez y agrega: “18 chicos vienen para Quito, 12 para Guayaquil... En total irán a 14 o 16 ciudades de la Costa y la Sierra, según la capacidad de cada una para alojarlos”. Los colegios locales, muchos de ellos fiscales, contribuyen con la beca de estudio.

Las familias receptoras han sido seleccionadas previamente por AFS Ecuador a través de una red de 120 voluntarios en 16 ciudades del país. La oficina central que opera actualmente mediante una franquicia está ubicada en Quito y tienen otra en Cuenca.

Para los ecuatorianos que quieren participar de este intercambio, ya sea porque se enteraron a través de la página web (www.afsecuador.org) o de las visitas que se realizan a los colegios, el programa de un año tiene un valor de $ 7.000, que incluyen pasajes aéreos, cobertura médica en el país anfitrión, transporte escolar y libros de estudio. La alimentación corre por cuenta de la familia que los recibe y los gastos de bolsillo los cubre el estudiante.

Sin embargo, Julieta Caicedo, médica endocrinóloga que participó del programa en 1968, dice que en esa época ya Estados Unidos no subvencionaba el programa y su padre tuvo que pagar $ 500 en seis cuotas. “Era mucha plata en ese tiempo, pero esa experiencia fue una influencia grande en mi vida y para siempre”.

“Aunque ahora con la globalización se conoce más del mundo, es diferente vivir una experiencia con una familia de ese país. Ayuda a la formación de la personalidad, a estar uno solo, a tomar  decisiones por propia cuenta y se aprende a conocer las diferencias y a respetarlas”, señala Caicedo, quien estaba en 5º curso en el colegio Dolores Sucre de Guayaquil cuando ganó un concurso entre 300 chicos que aplicaban al mismo programa.

Sus méritos y los azares de la vida la llevaron a Montana, un estado ubicado al noroeste de Estados Unidos, cerca a Canadá. “Yo llegué en agosto y las chicas allá andaban con short y yo ya con suéter... Para mí era como irme a Cuenca. Luego me moría de frío pero conocí la nieve, aprendí a esquiar y a patinar en hielo”, cuenta Julieta, quien a partir de ese momento les sumó a su familia ecuatoriana cuatro hermanas más y un padre y una madre con los que sigue en estrecho contacto.


Vivir con otra familia en el extranjero ayuda a la formación de la personalidad, a estar solo, a tomar decisiones por propia cuenta y se aprende a conocer las diferencias y a respetarlas”.
Julieta Caicedo


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