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Ni un solo azote |
Agosto 12, 2007
P. Luis Martínez de Velasco | Dios no predestina a nadie a la infelicidad eterna. A nadie le concede Dios la vida para que la sufra, autoexcluido de la comunión con Él, a solas con su estúpido egoísmo. Es decir, no hay nadie que se pudra en el infierno sin haberlo procurado, libre y persistentemente, hasta el momento de la muerte.
Esta tan gozosa afirmación no me la saco de la manga. La repite muchas veces la Escritura Santa. Y la enseña, desde su mismo inicio, el Magisterio de la Iglesia.
Hoy, el evangelio de la misa, que se toma de San Lucas, nos la vuelve a presentar a usted y a mí: “No teman –dice aquí nuestro Señor– porque vuestro Padre ha tenido a bien darles el Reino”. Y el Reino, como bien sabemos, es nuestra unión con Él y, consiguientemente, nuestra unión con los demás.
El que nos quiera dar su Reino nuestro Padre celestial, nos debe hacer tener una seguridad indestructible. Pues aunque nuestro entorno nos parezca irremediablemente malo, y nos golpee nuestra pequeñez a cada paso, no debemos dar cabida al desaliento. “Ocurra lo que ocurra –debemos repetirnos como hacía San Josemaría– tengo el Amor de Dios. Tengo el Espíritu Santo”.
Esta seguridad total en el Amor de Dios, no significa que debamos dispensarnos del esfuerzo y de la vigilancia, sino todo lo contrario: nos debe energizar para el combate.
Por eso, sin dejarnos casi respirar, el evangelio nos recuerda a usted y a mí lo que nos toca hacer: “Vendan sus bienes y hagan limosna. Háganse unos saquitos que no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo, donde el ladrón no llega ni corroe la polilla”.
Esto de tener nuestro tesoro fuera de peligro, tiene mucha enjundia. Porque como a continuación nos dice Dios con su Palabra, “donde se encuentre el tesoro de ustedes, allí se encontrará su corazón”.
¡Qué triste y qué riesgoso tener el corazón expuesto a que lo roben! ¡Pero peor aún –yo sé que usted me entiende– tenerlo apolillado y moribundo!
Para que nunca nos suceda esta desgracia, Jesús nos recomienda no bajar la guardia. Estar debidamente preparados porque no sabemos el momento de la muerte. Siendo cierto que se acerca, este instante nos resulta por completo incierto.
Al final del evangelio, Jesús nos hace una advertencia cariñosa: “El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquel, será muy azotado; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, será poco azotado”.
Se trata, para usted y para mí, del Purgatorio. Un cierto tratamiento supletorio de belleza al que el Señor tampoco predestina a nadie. Una pena purificadora que, siendo un gran regalo para el pecador, es también el gran fracaso del sujeto –o la sujeta– irresponsable.
Es este el muy posible gran fracaso mío. Porque si Dios ha decidido darme su inefable Reino, también me ha concedido lo que me hace para no sufrir el Purgatorio. Es decir, para evitar el recibir un solo azote.
Si al final lo necesito, será por culpa mía, no de Dios.
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