La labor de Seth Wulsin comenzó al estrellar el vidrio. Dieciocho pisos por encima de las calles de Buenos Aires, dentro del cascarón de lo que fue una prisión, el joven artista, de Rockland County, Nueva York, quebraba ventanas para transformar uno de los sitios históricos más lúgubres de Argentina en una obra de arte transitoria.
Era julio de 2006, Wulsin había dedicado seis meses a luchar por tener acceso al edificio, la Cárcel de Caseros, y finalmente estaba dentro. Su ambicioso plan era crear una “escultura’’ de 18 pisos: la impresión visual de 48 rostros humanos mirando fijamente la ciudad desde las enormes ventanas enrejadas de la prisión. Como pixeles oscuros en una pantalla, los marcos vacíos de ventanas componen las impresionantes sombras de pómulos sobresalientes, cejas fruncidas y sonrisas. El título de la obra, “16 toneladas’’, en honor a la canción laboral de Merle Travis, de 1947, anuncia que las 16 toneladas de vidrio serán destruidos en la demolición del edificio.
Es la primera pieza pública de Wulsin, que abandonó sus estudios en Yale y se mudó a Buenos Aires el año pasado. Hoy está casi terminada —es decir, en proceso de desaparecer, al quedar sólo doce de los 48 rostros. Pronto la pieza existirá sólo en la forma de libros con imágenes que al hojearse rápidamente simulan movimiento, película y fotografías que serán exhibidos en Buenos Aires y en el extranjero.
“La idea era hacer una creación perceptiva de la destrucción del edificio’’, dijo Wulsin, de 26 años. En su concepto, dijo, la escultura está embebida en la demolición de la prisión y lleva el “enfoque a eso que la gente no quiere ver’’.
La Cárcel de Caseros fue considerada una de las prisiones más inhumanas de Argentina, bajo la brutal dictadura militar de Jorge Rafael Videla, de 1976 a 1981.
Fue puesta en servicio como un albergue temporal para prisioneros en espera de juicio, pero el tribunal que iba a acompañar a la prisión nunca se construyó. Los acusados quedaban encerrados en más de 1.600 celdas, apiladas como un rascacielos fortificado de jaulas para pollos; los prisioneros políticos ocupaban los pisos trece al 17. Lo que hizo a Caseros peor que muchas otras prisiones era la carencia de la luz del sol directa. Los prisioneros se debilitaban por falta de vitamina D. Las “ventanas’’ que Wulsin usó para “16 toneladas’’ están compuestas de vidrio azul opaco, que una vez proporcionó tenue luz a los cuartos de recreo donde los prisioneros políticos pasaban menos de una hora diaria.
Después de la caída del último gobierno militar de Argentina, en 1983, Caseros estuvo poblada por delincuentes comunes. Estaba muy sobrepoblada, y en 1984 ocurrió el primero de varios motines carcelarios, cuando los internos abrieron agujeros a punta de golpes en las paredes del edificio para que entrara la luz del sol. En 2001, el gobierno cerró la prisión.
Para Wulsin, el rascacielos, cargado de historia, era el medio ideal. Después de que el Ministro de Obras Públicas dio la autorización para su proyecto, el 16 de junio de 2006, Wulsin se puso a trabajar con su martillo. Todos los días, cuando salía el Sol en Buenos Aires, la luz naranja se filtraba por los marcos de las ventanas que ya había roto, y creaba resplandecientes patrones circulares por las paredes deprimentes de la prisión.
Los rostros vigilantes tomaron desprevenidas a las personas que caminaban abajo en las calles adoquinadas. Para algunos espectadores, “16 toneladas’’ es simplemente una hazaña técnica interesante. Para otros es un conmovedor vínculo con los ex prisioneros políticos, que no han acaparado tanta atención como los “desaparecidos’’.
Unos meses después de que terminó de esculpir los 48 rostros, Wulsin organizó un asado, en la calle junto a Caseros. Aproximadamente 50 personas, entre ellas ex prisioneros, funcionarios gubernamentales y parientes de los “desaparecidos’’ vinieron a comer y a mirar la antigua prisión. “Fue un momento unificador’’, dijo Wulsin.