Miércoles 08 de agosto del 2007 Cartas al Director

Cuando se comía ostión en el límpido Salado

Evocación de un ex vicentino

Allá por la década de los cincuenta, cuando el estero Salado era aún un sitio para tomar baños, y en las noches de los fines de semana se podían saborear las famosas “carnes en palito”, practicábamos lo que de muchachos llamábamos “el cebiche vicentino”.

Para el efecto, nos reuníamos seis estudiantes del colegio  Vicente Rocafuerte dispuestos a “hacernos la pava” de la quinta hora de clases, que generalmente coincidía con la cátedra de literatura universal que dictaba el recordado profesor don J.J. Pino de Ycaza.

Cada uno de los compañeros ponía un sucre, de los cuales uno era para comprar un sucre de limones y los otros cinco para pagar una hora de bote que alquilaban en el entonces existente parque Jorge Washington de esta ciudad.

Equipados de esta manera, nos ubicábamos bajo el puente 5 de Junio a despegar los ostiones que crecían en las columnas bases de dicho puente, y saborearlos aderezados con limón; para esto utilizábamos alguna navaja o las chumaceras de los mismos remos que más de una vez se perdieron por haberse caído al agua, y por lo cual quedábamos endeudados con el propietario de los botes.

Una vez satisfechos, empleábamos el resto de la hora en un paseo por esas aguas,  emprendiendo alguna carrera con alguna embarcación conducida por otros estudiantes  o en entablar una “guerra” de salpicaduras de la cual a veces terminábamos mojados; no faltando en ocasiones volcaduras del bote, con el consiguiente zafarrancho para salvar los libros.

Son épocas pasadas. Ahora la contaminación terminó con los ostiones y creemos que si los hubiera, comerlos en el sitio sería algo así como cometer un suicidio.

Federico C. Campos Cedeño,
ex vicentino, Guayaquil
Cartas al Director

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.