Habría sido difícil imaginar el conjunto de edificios en un descuidado barrio industrial en la capital griega como cualquier otra cosa salvo lo que era: bodegas abandonadas anteriormente territorio exclusivo de perros salvajes.
Pero el complejo está al centro del Festival de Atenas y Epidauro, que ha sido transformado de un evento moribundo en una vibrante experiencia de las artes.
“Encontrar este lugar marcó el momento crítico”, dijo Yorgos Loukos, su director artístico, al señalar con un ademán los edificios, que forman una de las sedes del festival. “Nadie creía que pudiéramos construir teatros aquí en tres meses. Ése es el milagro de este país. Convences a la gente de que es algo importante, y rápidamente puede ocurrir”.
Ayuda, por supuesto, el ser un maestro en las artes de la persuasión. Las autoridades griegas probablemente tenían una idea de ello en 2005, cuando contrataron a Loukos, de 57 años, nacido en Grecia y director artístico de la Ópera Ballet de Lyon y el Festival de Danza de Cannes, para resucitar el festival.
Fundado en 1955, había girado en torno a dos teatros célebres: el Odeón de Herodes Ático, al aire libre y situado en las inmediaciones del Acrópolis; y el Teatro Antiguo de Epidauro, donde la segunda parte del festival, en gran parte dedicada al teatro, se prolonga todo agosto.
En sus primeros años, el festival era un evento prestigioso frecuentemente visitado por dos estrellas de las artes nacidas en Grecia: el director de orquesta Dimitri Mitropoulos y Maria Callas. El golpe militar de 1967 puso fin a la interacción con el mundo internacional de las artes.
“Para los artistas griegos, el festival era algo como el Acrópolis, o la moussaka”, dijo Simos Kakalas, joven director teatral, cuya compañía, Choros, ha vuelto tras hacer su primera aparición en el festival el año pasado. “Era emblemático de lo griego, pero nadie tenía acceso a él. Era Aristófanes y Eurípides una y otra vez. Ni siquiera íbamos como espectadores”.
Loukos ha realizado cambios extensos que han alterado, de manera radical, la naturaleza del festival. Primero redujo la relajada porción ateniense, de cinco meses a dos meses de alta concentración en junio y julio. Luego se dispuso a encontrar sitios nuevos para expandir las posibilidades de presentaciones y públicos.
La atracción internacional del programa de este año es impresionante. Durante julio, fue posible ver “Éphémères” de Ariane Mnouchkine; Isabelle Huppert en la producción de Robert Wilson de “Quartett”, de Heiner Müller; la cantante libanesa Fairouz; dos obras por la Forsythe Company; varias piezas del coreógrafo francés Boris Charmatz; y a Elvis Costello.