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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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Hacia atrás |
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Esta semana, en uno de mis cursos, se apreciaron las cualidades de un cuento magistral que se llama Viaje a la semilla, escrito por el cubano Alejo Carpentier, autor del Boom. En esa historia, por un efecto mágico se recorre en sentido inverso una vida completa, desde el momento en que miramos la faz del personaje a través del cristal de ataúd hasta que vuelve a moverse en las aguas acogedoras del líquido amniótico. En el exterior, “todo se metamorfoseaba regresando a su condición primera”.
Este fuerte empujón hacia mundos que prefiero –los imaginarios–, hoy me sirve para asentar un par de ideas. Todos tenemos que aprender lecciones mirando el pasado, más que nada el colectivo, el que está escrito en los libros y debemos revisar a partir del estudio o del que son testimonios vivientes nuestros mayores. En esa línea, este país es obcecadamente desmemoriado y a menudo sufre las consecuencias de olvidar maneras de proceder y gobernar que se han convertido en estilos. En errores válidos para determinados fines. Eso lo saben al dedillo los políticos, mientras el pueblo no aprende las lecciones.
Desde el ángulo existencial, detenidos en la pequeña parcela que nos corresponde como individuos, la mirada hacia atrás deja, a buena parte de la gente, sabores amargos. Todos tenemos pérdidas que lamentar, relaciones humanas que se frustraron o se agotaron, oportunidades que desperdiciamos, equivocaciones graves que cerraron caminos. Alguna soberbia se esconde detrás de quien afirma que de vivir nuevamente su vida, daría exactamente los mismos pasos. Yo creo en la enmienda, en la rectificación, en la búsqueda desesperada del acierto.
La madurez y la vejez se miden en la actitud de regreso memorioso. Los presentes desagradables nos llevan a sobrevalorar la infancia o a mirar con envidia etapas que se superaron hace tiempo. ¿No será el excesivo esteticismo corporal de nuestra época una resistencia al paso del tiempo, con el consiguiente estancamiento en un glorioso momento de nuestra existencia? A pesar de que creo en todo esto, defiendo apasionadamente la sabiduría proustiana de la evocación, la riqueza de la segunda vivencia –la que se consigue con la reconstrucción en el recuerdo–, la capacidad humana de repetir infinitamente las experiencias aplicando, simplemente, la memoria. Y como nuestra psiquis se defiende a sí misma de lo destructor, a veces olvida a voluntad, entierra las heridas, desconoce a quienes nos apuñalaron por la espalda. A veces. Tampoco me engaño sobre la devastadora perennidad de ausencias que obsesionan.
Yo me aplico hoy en fortalecer dos recuerdos: en refrescar la imagen de mi entrañable discípulo Erwin Buendía porque se cumple un año de su partida; en acrecentar lo poco que supe de Carolina Patiño, una muchacha que quería ser mi alumna, y cortó su paso hacia el futuro. Había veinte años de edad entre los dos, deben de haberse cruzados algunas veces, sin reparar el uno en la otra, por los mismos pasillos universitarios. Ya no están entre nosotros, pero el halo del azar los une dentro de la solidaridad y el afecto de una buena cantidad de personas. Y nos los ponen cerca, nada más, mirando un poquito hacia atrás. |
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