La comunidad de Sinincay, a diez minutos de Cuenca, vive de la elaboración de ladrillos artesanales a base de barro. Ahí, unos 2.000 niños, algunos dejan a un lado la escuela y los juegos, son parte de la mano de obra.
A sus cortas edades ya tienen las manos callosas por el diario contacto con el barro. Sus pequeños y frágiles brazos apenas si alcanzan a sostener los rústicos y pesados ladrillos que elaboran. En Sinincay, parroquia ubicada a diez minutos de Cuenca, unos 2.000 menores ayudan a sus padres a amasar el barro y a formar en moldes la materia prima para la edificación de viviendas en esta provincia.
Lo hacen desde muy pequeños, incluso ausentándose de clases y sacrificando los juegos. De lejos, con las caritas llenas de barro, observan cómo otros niños de su edad sí van a la escuela. Algunos, como ellos, antes fueron ladrilleros también y ahora forman parte de un proyecto del Instituto Nacional del Niño y la Familia (Innfa) para erradicar el trabajo infantil nocivo y peligroso que comenzó en el 2004.
El coordinador del Innfa en Cuenca, Jorge Tulcán, destaca que hay 103 menores que reciben una beca para que puedan continuar con sus estudios, al menos hasta el décimo año de educación básica.
Pero lo más importante del programa, refiere, es la capacitación que se da a los padres de los pequeños, a quienes se les enseña sobre valores y la importancia de educar a sus hijos.
Algunos padres han comprendido que el trabajo en estas microempresas no ayuda a los niños, entonces los retiran.
Otros, en cambio, no encuentran modos para prescindir de los más pequeños. Cuando no les piden que ayuden en la fabricación, les dicen que colaboren con el traslado de los pesados ladrillos.
Lo que más les preocupa a los voluntarios sociales que han puesto los ojos en Sinincay es que no hay la suficiente protección para los trabajadores. A diario, adultos y niños, hombres y mujeres, están en contacto con elementos nocivos como aserrín, plomo, polvo, entre otras sustancias químicas.
Algunos ya han presentado síntomas respiratorios a causa del contacto con los químicos, otros muestran efectos en la piel, reseca y rugosa.
Al ser una labor doméstica, en la que participan la mayoría de los miembros de la familia, no hay remuneración. Los beneficios los reciben los padres y los hijos deben sentirse satisfechos con la comida diaria y la vestimenta. En algunos casos reciben educación primaria o capacitación para que puedan aprender algún oficio que les permita ganar dinero, por ejemplo, la carpintería o la cerámica.
La meta a la que se quiere llegar es diversificar las actividades productivas de la población en esta parroquia, para que los habitantes tengan más opciones laborales de dónde elegir.