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Francisco Febres Cordero | pajaro@eluniverso.com
Su última ironía
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Pequeñito, algo calvo y de piel ligeramente oscura, su nariz achatada le daba un cierto aire de un boxeador de peso mosca retirado. Usualmente serio, circunspecto y callado, parecía que se hallaba en continuo trance de meditación. Sin embargo, de pronto, con una voz débil, lanzaba una frase demoledora, que tenía la contundencia de un jab: allí en esas pocas palabras, iba concentrada toda su inteligencia. Y su ironía.

Lo conocí en Quito y lo traté íntimamente durante tres días intensos a través de los cuales, creo, sellamos una amistad indestructible.
Conversamos largamente, como si nos hubiéramos visto desde siempre. Y juramos que nuestra charla no se interrumpiría, aunque sabíamos que eso era mentira. Ambos éramos malos para escribir cartas y él ni siquiera sabía manejar el correo electrónico.

Pasaron los años (¿uno, dos?) y en ese lapso apenas nos cruzamos alguna postal, hasta que ayer la llamada de una sobrina suya me anunció su muerte.

Y entonces, sentí culpa por mi tanto silencio. Y le eché a él también la culpa por su tanto silencio. Estoy seguro que mucho más perdí yo, claro: él podía seguir enseñándome. Porque él sabía mucho. Porque él sabía todo.

Y todo eso que sabía no lo había aprendido en academias, sino en la vida. Quizás por eso era tan sabio. Y tan humilde. Tan profunda, tan honesta, tan sinceramente humilde.

–¿Y cómo llevas tu fama?, le preguntaba yo. Y él me contestaba que lo saludaban por aquí, que le hacían firmar un autógrafo por acá, pero que eso le permitía un mayor acercamiento con el hombre de a pie, con el de todos los días. Y ya. A otra cosa: al trabajo, que era lo suyo.
Al dibujo, que era lo suyo. A la reflexión, que era lo suyo. Al humor, que era lo suyo.

Un humor que descubrió después de descubrir el fútbol, que era lo primero que descubrió. Para su tragedia, resultó malo como futbolista, pero fantástico como hincha del equipo de toda su vida, al que no solo que le dibujó el escudo y le compuso el himno, sino que le alentó con sus gritos en cada uno de sus partidos, con una lealtad a toda prueba.

Claro, ya dibujaba. Desde niño, dibujaba. Se retiró del colegio sin completar el bachillerato y se metió a estudiar dibujo por correspondencia, con esa misma tenacidad con que lo hacía todo. Así, entró a una agencia de publicidad, de donde saltó a una revista.

Y, desde entonces, nada lo detuvo. Nada. Ni las dictaduras, ni las adversidades. Nada. Dibujaba con pasión y, con pasión, engendró a personajes emblemáticos como Boggie el Aceitoso o Inodoro Pereira, que traspasaron edades, fronteras, tiempos.

Después fue la escritura. Novelas, y unos cuentos magistrales en que juntó su proverbial ironía con un impecable dominio del ritmo y la palabra.

–Me lo encontré en México en un congreso sobre el humor, me contó un día Daniel Samper. Y añadió algo que me desconcertó: el Negro sufre una enfermedad que lo va paralizando poco a poco.

Hasta que ayer su sobrina me llamó para contarme que había muerto.

Y, con eso, Roberto Fontanarrosa logró que el humor se pusiera triste, triste hasta más allá de la tristeza, hasta más allá de las lágrimas.

Esa fue, quizás, su última ironía.
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