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Emilio Palacio | epalacio@eluniverso.com
El de antes
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Algunas personas decentes me han expresado que estuvieron en el “juicio popular” a Ricardo Patiño para respaldarlo. Confieso que me costó asimilarlo. La primera alternativa fue considerar que mi interpretación de la “patifiesta” era equivocada. Pero los hechos son del tamaño de una catedral: 

Patiño se reunió con un grupo de mafiosos para discutir un negocio inmoral. Él lo sabía. Si mañana a mí me pescan en una reunión secreta con el ex dueño del país o con los banqueros que se fugaron a Miami, podré inventar mil pretextos, pero nadie creerá en mi inocencia. Porque uno puede conversar con Dios y el diablo; lo que resulta inadmisible es reunirse con el demonio del dinero a escondidas, en un cuarto de hotel, mientras un asesor inmoral filma, para luego guardar el video bajo  llave.

Todo esto, nos dicen, fue para desenmascarar a las mafias. Pero resulta que las mafias están libres, siguen haciendo montones de plata con sus patrañas, y se dan el lujo de levantarse la falda para mostrarnos orondas su pureza virginal, porque el Ministro detective no pudo probarles nada, nada.

Así que si Patiño no es culpable, es un ingenuo al cuadrado, y eso, para alguien que pretende decidir el destino de nuestros hijos, es peor que robar.

Pero aun si todo  se explicase por el afán sincero de perseguir a quienes tanto daño han hecho,  o por inexperiencia, o candor, aun así Patiño nos debería una explicación, con preguntas y repreguntas, sin que nos insulten o se nos rían en la cara. Y esa oportunidad Patiño nos la negó.

Ahora bien, si la payasada de La Alameda no se justificaba, ¿cómo así hay gente decente que acudió? Por respeto a la trayectoria del Ministro, que yo también la conozco. Pero el pasado de una persona, aunque sea una pista importante para interpretar sus actos, no reemplaza la realidad actual, porque el hombre más justo puede ser manipulado, o incluso pecar.

Abramos los ojos de una vez: Patiño es la mano derecha de un hombre que dijo que acatar un tribunal de conciliación con la Oxy era traición, y ahora hace lo contrario;  que se deshizo de Alberto Acosta porque la gente honrada es así, incomoda a los otros;  que mandó preso a un ciudadano porque no lo saludó;  que autoriza la venta de aletas de tiburón para conseguir votos, sin importarle lo que ocurra con el equilibrio ecológico; que consiguió el apoyo de los diputados más inmorales por obra y gracia de su convincente sonrisa; y  que se reúne con los pelucones y aniñados que  lo apoyan, en la casa aniñada del pelucón Gobernador, para hablar mal de los pelucones que no lo quieren.

Pero vamos, este es el Presidente que le pone plazo a los precios para que bajen o  los hará bajar por decreto si no lo obedecen. ¿Será que las universidades por donde pasó le tuvieron tanto miedo a su lengua y su mal genio  que no se atrevieron a decirle que la economía no era su vocación?

Patiño es el Fouché de este demagogo, su hombre de confianza, y no ha dicho ni mus; así que el reconocimiento a su trayectoria no nos exime de la obligación de ser objetivos cuando se lo juzga como funcionario público.

Allí se diluye la amistad, porque más importa la obligación de defender el interés público; o como hubiera dicho el Patiño de antes, más interesan los millones de  estafados que los especuladores de la deuda con los que conversa en secreto el Patiño de ahora.
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