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¡Yo no sé!... |
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Nunca llegué a ser ignorante perfecto sino mediocre. Contesto socráticamente “yo no sé” cuando me hablan del planeta. Si me mira a lo ojos largo tiempo cualquier persona, si me escudriñan perros, gatos, pordioseros, niños intensísimos, bajo la mirada porque no sé tampoco mentir con aplomo.
No sé si George Bush, en vez de invadir Iraq para encontrar armas imaginarias, hubiera podido hallar a una émula de Mónica Lewinsky, experta en dar auxilios mediante sobajeos periféricos, pruebas orales de tipo intensivo. No sé si los cigarros de Bill hubieran evitado la muerte de tantos civiles y militares. Mancha de semen en falda azul se ve menos escandalosa que charco de sangre en calle cualquiera. Según fuentes de internet, el número de cadáveres varía entre diez mil y ciento noventa y cuatro mil. Presumo que los datos no están actualizados. Me dirán que Sadam Hussein mandó a otra vida como a 300.000 pero se demoró veinticuatro años para culminar su mortífera hazaña, mientras Bush según parece, solo tomó en cuenta a los finados que tenían pasaporte norteamericano, creyó a pie juntillas en el Irak Body Count o conteo mortuorio. Necesitó solamente el corto lapso que nos separa del 2003 para desatar el hecatombe. La guerra de Vietnam tenía un presupuesto de quinientos millones renovables. La de Iraq cuenta con cinco mil millones de dólares anuales.
No sé por qué nosotros, los humanos, nos obstinamos en ser infelices consumistas ávidos de tener lo que no poseen los demás, negándonos a conocer “las riquezas que no tienen valor” como me las calificó, hace muchísimos años, Héctor Napolitano.
¿Por qué el amor, al internarse en bosques donde ni las fieras se atreven, arrasa con todo sin respetar edad, condición social, color de la piel. ¿Por qué el ser humano toca las estrellas, se agiganta, pinta el cielo raso de la Capilla Sixtina, construye el Taj Mahal, como testimonio de amor, catedrales vertiginosas como atestación de fe, pero otro día bombardea Hiroshima, Bagdad o Nagasaki. Aquel ser capaz de matarse por amor puede reventar de odio, de furia. De pronto se derrite, vencido por la ternura, ama hasta el delirio. ¿Por qué el amor y el fuego pueden devorarlo todo, apagarse sin pena ni gloria? ¿Por qué los animales se están volviendo tan humanos, los hombres tan bestiales?
¿Por qué se me licua el alma cuando digo te amo, rozo el cielo, me marea la fugacidad del tiempo? Ni siquiera llego a ser la milésima parte de un punto: lo infinito me da ganas de llorar a carcajadas. No sé por qué tengo que ver morir a tanta gente antes de que llegue mi turno, por qué me regalaron, al nacer, semejante caja de Pandora sin esperanza incluida, por qué existen buitres que me devoran el hígado, por qué Prometeo fracasó en su misión de robar a Júpiter la chispa que todo hubiera resuelto. “La estupidez del hombre es tan grande como su fe” (Carlos Eduardo Jaramillo). Sigo amando ¿Qué más me queda? Es mi manera de desafiar a la muerte.
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| Tania Tinoco de Hardeman |
Nuestra invitada | |
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| Piedad Villavicencio Bellolio |
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| Guayaquil |
| Artesanías |
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El Centro de mejoras de la ciudadela Atarazana hará una exposición de artesanías, manualidades y productos naturales. El propósito del evento es generar un ambiente de empatía entre los moradores. Más informes a los teléfonos 239-0900 y (09)570-1704.
HORA: De 10:00 a 18:00. DÓNDE: Cdla. Atarazana (cerca de la iglesia católica).
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