Es un líder religioso musulmán moderado y descendiente del Profeta Mahoma. También es miembro del jet set, casado dos veces, y propietario de cientos de caballos de carreras, un exclusivo club de yates en Cerdeña, y un elegante inmueble cerca de París.
Ha inyectado gran cantidad de dinero en las partes más necesitadas y abandonadas del mundo, a menudo en negocios tan básicos como la fabricación de redes para pescar, bolsas de plástico y cerillos, mientras que también ha hecho equipo con pesos pesados del capital privado, como el Blackstone Group, en un enorme sistema hidroeléctrico de 750 millones de dólares, en Uganda.
Y mientras trata de presentar un rostro menos amenazador del Islam en el escenario comercial global durante una época de guerra, el Aga Khan —uno de los inversionistas musulmanes más ricos del mundo— predica la adquisición étnica y el uso de la riqueza y la ayuda financiera que promueve la autosuficiencia económica entre los países en desarrollo.
En una rara entrevista, el Aga Khan, presidente de la Fundación Aga Khan para el Desarrollo Económico, compañía con fines de lucro, con sede en Ginebra, dice que está más interesado en los resultados a largo plazo de sus inversiones que en las ganancias al corto plazo. Agrega que trata de asegurar que sus negocios se vuelvan autosostenibles y logren estabilidad.
“Si uno viaja por el mundo en desarrollo, ves que la pobreza es el impulsor de la desesperanza trágica y existe la posibilidad de que se aprovechará cualquier medio para salir de ello’’, señala en una entrevista telefónica desde París. “Desarrollamos protección contra el extremismo’’.
El principal propósito de la compañía “es contribuir al desarrollo’’, comenta.
“No es una empresa capitalista que tiene como meta declarar dividendos a sus accionistas’’.
La idea de que sus inversiones pueden impulsar otras formas de crecimiento económico, que resulte en mayor empleo y esperanza para los pobres, es la parte medular de su filosofía.
Los expertos en desarrollo económico dicen que las actividades de Aga Khan ofrecen una guía útil para otros —incluso filántropos como Bill Gates y George Soros— que tratan de ayudar a los más pobres del mundo al vincular las prácticas comerciales y las metas sociales, pero cuya labor, por lo regular, no incluye ser dueño de negocios en los países pobres.
El Aga Khan es el líder espiritual de la secta musulmana ismaelita, una minoría dentro de la rama minoritaria chiita del Islam que ha sufrido frecuente persecución.
Ha habido 49 imanes ismaelitas a través de los siglos, sin embargo, sólo tres Aga Khans anteriores, título que el Rey de Persia otorgó a la familia en los años 30 del siglo XIX.
Al mismo tiempo, el Aga Khan encarna muchas de las conflictivas corrientes sociales y financieras que inundan la economía mundial, aunque está rodeado de riquezas materiales fuera de serie, cosa que ni él ni sus seguidores ven como una contradicción.
Parte de la riqueza personal del Aga Khan, que según sus consejeros supera los mil millones de dólares, proviene de un sistema terriblemente complejo de diezmos que unos quince millones de musulmanes ismaelitas del mundo le pagan cada año.
El Aga Khan, de 70 años, ha tenido control incondicional de este dinero desde que su abuelo lo puso en el cargo, hace 50 años.
Ha invertido estos recursos en un portafolio de 90 negocios que emplean a más de 36 mil personas. Estos bienes incluyen hoteles de cinco estrellas, compañías celulares y una línea aérea, pero la mayoría son empresas pequeñas y medianas en Asia Central y África subsahariana.
El Aga Khan dice que “la responsabilidad de un imán incluye cuidar la calidad de vida de la gente que él guía, incluso su progreso económico’’, enfoque que inspiró su primer proyecto comercial importante, el arranque de una compañía de medios de comunicación, en Nairobi, en 1961. Con el tiempo, su compañía de Nairobi, la Nation Media Group, se convirtió en la organización de medios más exitosa en el este de África, con propiedades en prensa, radio y televisión en Tanzania y Uganda.
Con la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el Aga Khan vio nuevas oportunidades para impulsar y extender sus instituciones ismaelitas. En Tayiquistán, en Asia Central, hogar de muchos ismaelitas, una guerra civil creó una urgente necesidad de ayuda externa, y el Aga Khan rápidamente envió recursos de caridad. Más recientemente, ha invertido en la generación de energía y en una compañía celular en Tayiquistán.
“En muchos casos, los negocios están mucho mejor posicionados que las organizaciones de caridad para brindar beneficios sociales sostenidos’’, indicó Mark Kramer, presidente ejecutivo de FSG Social Impact Advisers, firma de consultoría, en Boston.