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El arte de Kahlo dura más allá del mito

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Julio 22, 2007

Por ELISABETH MALKIN | CIUDAD DE MÉXICO

Frida Kahlo rodeó su propia vida con un mito, y lo hizo tan bien que su arte casi se perdió en el camino.

Su imagen, creada en el transcurso de casi tres décadas de autorretratos, fusionó el sufrimiento físico y el aislamiento emocional. Su franca representación del dolor psíquico de una mujer la convirtió en un ícono feminista. Es un emblema de la pintura confesional en una época en que ya nada es íntimo.

Pero este año, cuando México celebra el centenario de su nacimiento, la mayor retrospectiva en la historia de su obra intenta ver más allá de la Fridamanía. El resultado es una suntuosa visión de su arte y su vida.

“Era completamente instintiva”, dijo Salomón Grimberg, uno de los cinco curadores de la exhibición. “Puso en el arte cosas que nadie se había atrevido a poner antes”.

Entre las 354 obras en exhibición en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, figuran algunos de los autorretratos más famosos de Kahlo, pero es a través de autorretratos menos conocidos, naturalezas muertas, retratos, dibujos y acuarelas que surge como una artista que reunió múltiples influencias en su propio lenguaje.

Su primer autorretrato, con un vestido de terciopelo, fue pintado a los 19 años para un novio infiel y ya muestra la inquebrantable mirada de sus pinturas posteriores. Pero aquí es casi etérea, muy diferente a la presencia confrontacional en la que se convertiría.

Un tierno retrato de su esposo, el gran muralista mexicano Diego Rivera, revela un naturalismo inesperado. Retratos de niños muestran el trabajo de Kahlo en diferentes estilos: un método detallado con su sobrina, salpicaduras de color para lo que parece ser una empleada doméstica.

Hay gran humor en una naturaleza muerta abiértamente sexual titulada “La novia que se espanta de ver la vida abierta”, para la que Kahlo posó a una muñeca con vestido blanco al borde de una mesa con fruta, con la papaya y la sandía abiertas.

La exhibición, que continúa hasta el 19 de agosto, también incluye muchos retratos fotográficos de Kahlo, junto con fotos de su familia y el vecindario de Coyoacán en la Ciudad de México, donde nació y murió, y donde su casa, la Casa Azul, ahora alberga al Museo Frida Kahlo.

Algunas de sus cartas están en exhibición, junto con recuerdos de la Revolución Mexicana de su infancia y el comunismo que adoptó como adulta. El conjunto ofrece una yuxtaposición de su existencia intensamente doméstica —una casa llena de plantas, mascotas, escritores y pintores famosos— y la historia peculiarmente violenta de su era.

“Queríamos presentar a una Frida integral a través de todos sus medios de expresión”, dijo Roxana Velásquez Martínez del Campo, directora del Museo de Bellas Artes y curadora de la exhibición. “Frida es una mujer en expresión constante”. Durante su vida, la aclamación recibida por Kahlo fue limitada, eclipsada por la heroica reputación de Rivera.

Aunque exhibió en Nueva York y en París, la única exposición individual de su obra en México se llevó a cabo en 1953, un año antes de su muerte.

Además de la exhibición en Bellas Artes, una exposición de dibujos, fotografías, cartas, códices prehispánicos y sus famosos vestidos mexicanos se encuentra en el museo de Coyoacán.

Su pintura repetidamente hace referencia al dolor de su unión con Diego Rivera. Entre las más famosas de las exhibidas se encuentra “Las dos Fridas”, de 1939, más o menos la época en que la pareja se divorció brevemente. A la izquierda, Frida está vestida de novia, con su corazón abierto y una arteria cortada que escurre sangre sobre su vestido. A la derecha, la Frida cotidiana es fuerte, su corazón es saludable y sostiene un camafeo de Rivera de niño, símbolo de que su unión con él es mucho más profunda que la de un matrimonio.

Kahlo murió a los 47 años, después de que su pierna fue amputada debajo de la rodilla. En un rincón de la retrospectiva está una fotografía anónima de un periódico de su funeral de estado. Rivera está ahí y su tristeza es evidente. El funeral se realizó en Bellas Artes, el mismo lugar que ahora recorren las multitudes en tropel para volver a ver su obra.


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