En esencia, Mary O’Regan hizo caso omiso a su brazo izquierdo durante 20 años.
Cuando cursaba su segundo año de universidad, en 1986, se cayó de la parte trasera de la motocicleta de montaña de un amigo y se golpeó la cabeza, lo que después le causó una apoplejía. Luego de una intensa rehabilitación médica y física, aprendió nuevamente a hablar y a caminar. Pero gran parte del lado izquierdo de su cuerpo quedó insensible y no recobró el uso de su brazo izquierdo.
El año pasado, O’Regan, actualmente de 40 años y residente de Westwood, Massachusetts, se inscribió en una prueba clínica para un nuevo aparato robótico llamado el Myomo e100, diseñado para ayudar a los pacientes de apoplejía a recobrar el movimiento en sus brazos.
El aparato, que se usa como un soporte para el brazo, funciona al percibir una débil actividad eléctrica en los músculos del brazo de los pacientes y brindarles la ayuda suficiente para que puedan completar ejercicios sencillos, como levantar cajas o encender interruptores de luz. Al practicar tales tareas, los pacientes podrían empezar a aprender nuevamente a extender y flexionar el brazo, al reconstruir y fortalecer las vías neurológicas en el proceso.
“El aparato está diseñado para ayudar a los pacientes a superar un obstáculo funcional”, de manera que puedan volver a mover el brazo debilitado, explicó John McBean, ingeniero mecánico quien desarrolló la tecnología con Kailas Narendran, ingeniero mecánico y científico computacional. (Iniciaron el proyecto en 2002, en una clase de robótica de posgrado, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts).
“Y entre más puedan usar el brazo, más mejoría comenzarán a ver”, continuó McBean.
“Ésta es una área que está en auge”, comentó Hermano Igo Krebs, destacado científico investigador en MIT y uno de los primeros en concebir la terapia asistida por robots para pacientes de apoplejía y otros con lesiones cerebrales y desórdenes neurológicos. “Hoy hay cientos de grupos alrededor del mundo que trabajan en esto. Yo espero, en cinco o diez años, que veremos este tipo de aparatos en todas las clínicas y hospitales de rehabilitación importantes en el mundo desarrollado, e incluso en las casas de los pacientes”.
Cuando O’Regan probó el aparato Myomo por primera vez, en octubre de 2006, su brazo fue acomodado en el soporte de metal y plástico y se le colocaron electrodos en sus bíceps y tríceps, para percibir la actividad eléctrica.
En un principio, su brazo estaba atorado en un ángulo de 90 grados; cuando trató de extenderlo, el soporte comenzó a funcionar y su brazo se extendió frente a ella.
“Al principio se sintió extraño y desconocido”, comentó. “Tienes todos estos pequeños músculos que, de repente, despiertan por primera vez en 20 años. Regresaba y practicaba —tres veces por semana, durante unas seis semanas— “se sentía como si mi brazo se extendiera y doblara por sí solo, simplemente con cierta ayuda”.
Un pequeño estudio sobre el dispositivo Myomo y el tratamiento que lo complementa, realizado con el Hospital de Rehabilitación Spaulding, en Massachusetts, y publicado en abril en la revista The American Journal of Physical Medicine and Rehabilitation, descubrió que los pacientes que hicieron ejercicio con el soporte del brazo durante 18 horas en el curso de unas seis semanas, experimentaban una mejoría del 23 por ciento en las funciones de las extremidades superiores. Se espera que el aparato salga al mercado de Estados Unidos en los próximos meses.
Krebs señala que en el caso de los pacientes de apoplejía, una gran cantidad de evidencia indica ahora que la práctica repetida con una extremidad afectada puede fomentar cambios plásticos en el cerebro.
En otras palabras, puede ayudar al cerebro a forjar conexiones nuevas entre neuronas o fortalecer las existentes. Para los pacientes cuyas apoplejías han dañado parte de la corteza o subcorteza motriz, esto significa que la terapia de movimiento puede ayudar al cerebro a usar otras neuronas cercanas —o incluso en el hemisferio opuesto del cerebro— para completar un movimiento.
Los aparatos robóticos también son adecuados para la terapia de movimiento repetitivo, ya que “pueden hacer lo mismo dos millones de veces con una consistencia perfecta”, aseveró Steven C. Cramer, neurólogo en la Universidad de California, en Irvine.