Hace algunos 380 millones de años, unos cuantos vertebrados pioneros dieron, por primera vez, el salto del agua a la tierra. Y hoy, decenas de millones de sus descendientes humanos buscan diversión veraniega al dar un salto en la dirección opuesta. De acuerdo con la industria de viajes, cerca del 90 por ciento de los vacacionistas escogen como destino vacacional un océano, lago u otra pintoresca extensión de agua.
Puede que tengamos pulmones en vez de branquias, y los nadadores más débiles entre nosotros quizá sean perfectamente capaces de ahogarse en cualquier cosa más profunda que una tina de baño, pero aún así sentimos el tirón primitivo de la marea.
En nuestra etapa de fetos, nos gestamos en bolsas de agua. En nuestra etapa adulta, somos bolsas de agua: aproximadamente el 60 por ciento de nuestro peso corporal proviene del agua, el equivalente líquido de 43 litros.
Nuestras células necesitan agua para funcionar, y debido a que perdemos trazas de nuestras reservas internas con cada sudoración, cada respiración y cada excreción que expulsamos, debemos consumir constantemente más agua, o de lo contrario moriremos en tres días.
La vida en la Tierra surgió en el agua, y los científicos no pueden imaginar que la vida surja de otro lugar que no sea la gracia cristalina del mismo. En opinión de Geraldine Richmond, catedrática de química en la Universidad de Oregon, quien a menudo habla al público de las maravillas del agua, Mark Twain lo expresó de la manera más clara: “El whiskey es para beber; el agua es para ser peleada’’.
Detrás de la incomparable fuerza del agua, y la razón de que sirva como el elixir de la vida, en vez del alcohol o cualquier otro lubricante, está el personaje de tres cabezas cuyo nombre químico todos conocemos: H2O. Los científicos observan que cuando dos átomos de hidrógeno se unen con uno de oxígeno, la molécula resultante muestra una espectacular gama de poderes, al obtener la fuerza de un gigante molecular mientras conserva la velocidad y conveniencia de una miniatura molecular.
“El agua se comporta muy diferente a otras moléculas pequeñas’’, dijo Jill Granger, catedrática de química en Sweet Briar College, en Virginia.
Debido a la arquitectura atómica del agua, la tendencia del oxígeno a adherirse ávidamente a los electrones al tiempo que se junta con sus dos compañeros hidrógenos más dóciles, la molécula entera termina polarizada, con ligeras cargas electromagnéticas adelante y atrás. Esas cargas moderadas, a su vez, permiten a las moléculas de agua enlazarse en apacible comunión masiva, al unirse unas con otras y también con otras moléculas, a través de una conexión esencial llamada lazo de hidrógeno.
Con sus lazos de hidrógeno, las moléculas de agua se vuelven pegajosas, adheriéndose como líquido en pequeñas gotas y riachuelos y siguiéndose unas a otras como una fila que baila conga. Tal cualidad pegajosa significa que el agua es atraída a la tubería interna de las plantas y avanzará por los conductos fibrosos para hidratar incluso a las coronas de las secoyas, que se elevan a más de 80 metros sobre el suelo.
Dependemos de un sin fin de maneras en la indulgencia fluida del agua.
Los océanos y lagos de la Tierra absorben enormes cantidades de radiación solar y ayudan a moderar el clima.
A medida que el sudor se evapora de nuestra piel, se lleva consigo grandes cantidades de calor excedente.
El agua también sirve como un solvente casi universal, capaz de disolver más sustancias que cualquier otro líquido. Al mismo tiempo, la cualidad altamente sociable del agua, su viscosidad ligada al hidrógeno, ayuda a darle a la célula un sentido de comunidad.
La extravagancia química del agua no tiene fin, como también queda demostrado por la manera en que se congela de arriba a abajo y adquiere la capacidad de flotar al enfriarse. La mayoría de las sustancias se contraen y se hacen más densas y más pesadas a medida que se enfrían, y se expanden y aligeran a medida que se derriten. El agua es más ligera y más liviana en su modalidad como hielo que cuando está líquida, y así, en el invierno, la vida marina puede encontrar un refugio líquido debajo del manto flotante de hielo, y así, en el verano, los cubos de hielo flotan y tintinean en su vaso de limonada.