Una mañana reciente, varios cortesanos reales escoltaron, con el ceño fruncido, a un reportero a la azotea del Palacio de Buckingham para señalar algunos deterioros inquietantes: grietas que cicatrizaban parte de la fachada amarilla caliza del palacio, donde un pedazo de piedra, del tamaño de una caja de zapatos, se había desprendido del techo y había estado a punto de impactar el auto de la Princesa Ana, así como un gran número de tejas que necesitaban reemplazarse. Tristemente, la Casa de Windsor, como cualquier otra familia, también batalla con un techo con goteras.
En una conferencia de prensa previa, el contador de la Reina Isabel II, Sir Alan Reid, Guardián del Fondo de Gastos Personales de la Reina, trató de convencer al Gobierno británico para que otorgara un millón de libras extra al año, cerca de dos millones de dólares, para ayudar a arreglar el techo de los Windsor.
En las filas modernas de las fortunas multimillonarias, la Reina se ubica muy detrás de personas como Bill Gates. En Gran Bretaña, los miembros de la élite emprendedora, como Richard Branson, J. K. Rowling y el magnate del acero Lakshmi N. Mittal, han amasado fortunas mayores que la suya. (La Lista de Ricos del periódico The Sunday Times, por ejemplo, calcula la fortuna de Rowling en aproximadamente 1.100 millones de dólares, mientras que ubica a la de la Reina en apenas 650 millones de dólares). Aun así, pocas fortunas generan la clase de fascinación que provoca la de los Windsor.
Mientras otras familias reales en el norte de Europa emergieron de dos guerras mundiales como figuras más sencillas y comunes, que montaban bicicletas en las calles y fácilmente se involucraban en asuntos cotidianos, la monarquía británica retuvo la mayor parte de su distancia, pompa y fastuosidad.
“Lo que es diferente respecto a Gran Bretaña es que fue un ganador en las guerras y, a diferencia de otros Estados europeos, conservó su monarquía y retuvo su herencia residual de gloria y estatura, un caparazón de esplendor”, apuntó Linda Colley, catedrática de historia en Princeton. “Aún no han sido neutralizados”.
Pero en la era post Diana, los Windsor están más inquietos ante la idea de ser neutralizados no sólo en los asuntos políticos sino posiblemente también en los financieros. Al mismo tiempo que su relación con el público británico ha sido puesta a prueba, a veces de manera beligerante, otras veces aduladora, los Windsor se han sentido obligados a ofrecer vistazos, históricamente sin precedentes, de las bases financieras y emprendedoras de su fortuna.
Cada año, durante los últimos siete años, los asesores financieros de la familia han sostenido una íntima sesión informativa con un pequeño grupo de reporteros en el Palacio de Buckingham, todo en nombre de la transparencia financiera. La sesión informativa incluye detalles sobre cómo gastan su asignación gubernamental anual para deberes públicos y el mantenimiento de las residencias reales, así como algunos detalles sobre su riqueza personal. El objetivo del asunto es hacer más accesibles a los Windsor y, dicen los observadores, permitirles proteger mejor su fortuna.
Quienes han criticado durante mucho tiempo el privilegio real, no obstante, argumentan que una mayor transparencia también ha llevado a muchas personas a preguntarse cuánto precisamente de la fortuna familiar es verdaderamente suya.
“Están bastante borrosos los límites respecto a qué es realmente suyo”, dijo Ian Davidson, miembro laborista del Parlamento.
“¿Qué significa realmente el concepto de tener en fideicomiso para la nación? No parece haber un registro de las obras que poseen. Se han modernizado, pero aún no son tan abiertos ni tan transparentes como quisiéramos. No pagan impuestos como deberían hacerlo”.
Sir Michael Peat, contador y secretario privado del Príncipe Carlos, y uno de los principales defensores de la transparencia en la familia Windsor, trató de explicarles a los reporteros reunidos en el Palacio de St. James exactamente por qué el gasto del Príncipe en asuntos oficiales se había incrementado a unos 20 millones de dólares este año, comparado con 18 millones de dólares en 2006.
“Ha estado muy ocupado”, señaló Peat, antes de catalogar una ola de visitas al extranjero. “Realmente sí le importa este país y todos los que lo habitan”.
La mayoría de los cálculos de la riqueza privada de la Reina Isabel II la ubican entre los cinco monarcas más ricos del mundo. Es más pobre que los ricos reyes petroleros de Arabia Saudita y Brunei, pero casi tan rica como otros acaudalados soberanos de Europa, entre ellos la Reina Beatriz, de Holanda, y el Príncipe Hans-Adam II, de Liechtenstein, de acuerdo con Philip Dröge, autor de un libro sobre la familia real holandesa.
Es difícil una valuación precisa de los bienes de la Reina Isabel porque es hermética respecto a sus posesiones personales. También se complica por la línea borrosa entre su riqueza personal y activos que están en fideicomiso para el público británico.
Si sólo se toman en cuenta los activos personales de la Reina, tiene una fortuna avaluada en varios cientos de millones de dólares, de acuerdo con la Lista de Ricos del Sunday Times y personas familiarizadas con sus finanzas, que solicitaron el anonimato porque no estaban autorizadas a hablar públicamente.
Pero si todas las posesiones reales son sumadas, su riqueza asciende a miles de millones de dólares. Aún entonces quedan obstáculos: ¿Cuál es el valor de las Joyas de la Corona, por ejemplo? ¿O los muchos dibujos de Leonardo da Vinci que tiene en fideicomiso en la Colección Real? La propiedad privada de la Reina incluye principalmente dos residencias y fincas, Balmoral, en Escocia (20.200 hectáreas), y Sandringham, en el este de Inglaterra (8.500 hectáreas), y, a una escala más pequeña, cosas tales como su preciada colección de timbres postales.
En el otro extremo del espectro está una colección de activos llamados Bienes de la Corona. Estos incluyen granjas, un hipódromo y propiedades en Londres, como la Embajada israelí, y están valuados en más de 14.200 millones de dólares, de acuerdo con su contabilidad anual.
La Reina y el Príncipe Carlos también son dueños de tierras y propiedades tradicionalmente cedidas al monarca y heredero para financiar gastos privados: el Ducado de Lancaster pertenece a la Reina, y el Ducado de Cornwall al Príncipe.
El gobierno de Gran Bretaña también le paga una asignación anual a la Reina y su esposo, el Príncipe Felipe, por su labor pública. En el año que terminó en marzo de 2007, recibieron 26 millones de dólares, de acuerdo con la revisión anual de ingresos y gastos más reciente de la Reina. Los miembros de la familia real también reciben subsidios públicos para mantenimiento de palacios, relaciones públicas y costos de viaje, que juntos ascendieron a 42 millones de dólares en el año que terminó en marzo. Otras dependencias gubernamentales les pagaron directamente ocho millones de dólares durante el mismo período.