En vista de que su maestro estaba ausente, a diez estudiantes se les permitió salir temprano de la escuela. Las niñas fueron las que los hombres armados vieron primero, diez blancos fáciles que caminaban de la mano por la puerta azul de metal y hacia el sinuoso camino de tierra.
El estruendo del fuego de ametralladora rompió el silencio. Una niña de trece años llamada Shukria recibió impactos en el brazo y la espalda y se tambaleó hacia un campo de trigo contiguo. Zarmina, su hermana de doce años, corrió hasta su lado, atenta a la respiración de la niña herida, e intentó ayudarla a pararse.
Pero Shukria era demasiado pesada para levantarla, y los dos hombres armados, sentados a horcajadas en una sola motocicleta, rápidamente se acercaban.
Mientras Zarmina escapaba, los hombres les apuntaron mejor a los heridos, y mataron a Shukria de tiros al estómago y corazón. Los atacantes entonces huyeron a pie a toda velocidad.
Seis estudiantes fueron blanco de tiros en Qalai Sayedan la tarde del 12 de junio y dos perdieron la vida. La Escuela Qalai Sayedan —considerada entre las mejores en la Provincia de Logar en el centro de Afganistán — reabrió el primer fin de semana de julio, aunque, aún con guardias armados con rifles Kalashnikov en la entrada, sólo una cuarta parte de los 1.600 estudiantes se ha atrevido a regresar.
Tiroteos, decapitaciones, incendios y bombas: todas estas son las herramientas de intimidación usadas por el talibán y otros para cerrar cientos de escuelas públicas en Afganistán. Tomar como blanco la educación es librar la guerra contra el gobierno.
Los padres se enfrentan a opciones peculiares. “Prefiero que mis hijas estén vivas aunque eso signifique que deban ser analfabetas”, dijo Sayed Rasul, padre de familia que decidió mantener a sus dos hijas en casa durante un día.
Afganistán definitivamente ha dado algunos pasos hacia el desarrollo, pero cada paso hacia adelante es inevitablemente revertido por el salto hacia atrás de la dura realidad.
Las escuelas son un ejemplo claro. El ministerio de Educación afirma que 6,2 millones de niños se encuentran inscritos, el equivalente a alrededor de la mitad de la población en edad escolar. Y mientras que las estadísticas en Afganistán pueden ser poco confiables, no hay duda de que la asistencia se ha multiplicado mucho más que en cualquier momento anterior.
La creciente demanda por la educación es burlada por la limitada oferta.
Más de la mitad de las escuelas carece de edificios, de acuerdo con el Ministerio de Educación; las clases normalmente se realizan en tiendas de campaña o debajo de árboles o en el cruel campo abierto abrasado por el sol. Sólo el 20 por ciento de los maestros está siquiera mínimamente capacitado. Los textos son obsoletos; cientos de títulos necesitan ser escritos y millones de libros necesitan ser impresos. Y además está la violencia.
Hace dos años, Qalai Sayedan fue nombrada la mejor escuela de la provincia. Su directora, Bibi Gul, fue reconocida por su excelencia y recompensada con un viaje a Estados Unidos.
El ataque del mes pasado a la escuela hizo que los padres se preguntaran si la reputación de la escuela no se habría convertido en sí misma en una fuente de provocación. Qalai Sayedan está 65 kilómetros al sur de Kabul, y mientras que otra docena de escuelas en la Provincia de Logar ha sido atacada, ninguna ha sido elegida con tanta regularidad ni de manera tan malévola. Hace tres años, Qalai Sayedan fue atacada con cohetes durante la noche. Hace un año, explosivos arrancaron una esquina del edificio.
En las embajadas de Occidente, e incluso dentro del Ministerio de Educación, en Kabul, se habla normalmente del talibán como un adversario monolítico.
Pero para los lugareños de Qalai Sayedan, con las vidas de sus hijos en peligro, es demasiado simplista asumir que los ataques son simplemente parte de una campaña terrorista más extensa.
La gente ve a los enemigos del gobierno como un grupo diverso con una variedad de agravios, vínculos tribales y jefes. Los aldeanos se preguntan: ¿Realizó alguien en la escuela alguna gran ofensa? ¿Acaso se cree que la escuela es poco islámica?
En la mezquita del pueblo, muchos hombres culpan a Gul, la directora. “No debió haber ido a Estados Unidos sin consultar a la comunidad”, dijo Sayed Abdul Sami, tío de Saadia, la otra estudiante muerta. “Y fue a Estados Unidos sin un mahram, un pariente varón que la acompañara, y eso es considerado incorrecto en el islam”.
Sayed Enayatullah Hashimi, patriarca de barba blanca, dijo que la escuela había hecho alarde de su éxito demasiado abiertamente. “El gobernador hizo una visita”, dijo en tono despectivo. “Llevó 20 guardaespaldas, y esos hombres anduvieron por toda la escuela, incluso entre las niñas más grandes”.
Gul renunció. “Mi corazón llora”, dijo en una entrevista. “Pero debo irme debido a todo lo que dice la gente. Dicen que recibí cartas en las que advertían de los ataques, pero no es cierto. Y la gente dice que soy extranjera porque fui a Estados Unidos sin mahram. Éramos doce personas. Tengo 42 años. No necesito viajar con un mahram”.
“Tenemos un dicho de que si vas a la escuela, te puedes encontrar a ti mismo, y si te encuentras a ti mismo, puedes encontrar a Dios”, dijo con orgullo Shir Agha, tío de Shukria. “Pero para que un niño vaya a la escuela debe haber seguridad. ¿Quién va a proporcionarnos esa seguridad?”.
Zarmina, la niña de doce años que vio morir a su hermana, dijo que no estaba lista para volver a la escuela. Hasta el sonido de una moto ahora hace que se esconda.
El temor, sin duda, disminuirá, la tranquilizó su tío. Debe recordar que le encanta la escuela, que le encanta leer, que le encanta garabatear palabras sobre papel.
Algún día, sin duda reanudará sus estudios, le dijo.
Pero la devastada niña aún no podía imaginárselo. “Nunca”, dijo.