Es verdad. No hay que olvidar que el escándalo diplomático entre Londres y Moscú nació de un caso policíaco.
Pero las tensiones entre Rusia y el Reino Unido no se deben al asesinato de Alexander Litvinenko sino a una suma de detalles anteriores al día en que alguien puso Polonio 210 en el té del ex agente de la KGB.
Y pese a lo que dice la prensa, sobre todo la prensa británica y en especial los tabloides, no hay guerra ni es fría.
El canciller británico, que no tiene ni un mes en el cargo, anunció sin que le temblara la voz que el Reino Unido expulsaría a cuatro diplomáticos rusos en respuesta a la negativa rusa de entregar al presunto asesino de Litvinenko.
La cancillería rusa declaró con la misma firmeza que la postura británica es inmoral y advirtió que pronto tendría una respuesta.
La tuvo. El gobierno ruso expulsó el jueves a cuatro diplomáticos británicos. Y el presidente Vladimir Putin declaró que la cisis es superable.
Historias de extradición y corrupción
El caso Litvinenko es más o menos claro. Hasta donde ha podido determinar la policía británica, alguien vino de Rusia y envenenó al disidente y de paso dejó un rastro radiactivo por aviones, habitaciones de hotel y restaurantes.
Lo que no es muy claro es qué quieren las autoridades británicas, que han pedido la extradición de un sospechoso, Andrei Lugovoi, otro ex agente de la KGB. Las autoridades rusas se han limitado a explicar que la Constitución de su país no permite la extradición.
Lo más probable es que el gobierno británico hiciera lo mismo que Rusia si otro gobierno le pidiera ignorar sus propias leyes, y el ejemplo más cercano puede verse en el caso de BAE Systems, uno de los fabricantes de armas más grandes del mundo.
No obstante el interés de la policía por determinar si la compañía sobornó a un príncipe saudita a cambio de contratos multimillonarios, el propio Tony Blair ordenó suspender la investigación por razones de seguridad nacional.
A ver qué responde el gobierno británico a las autoridades de Estados Unidos que parecen dispuestas a investigar si es verdad que BAE Systems recurrió a la corrupción como sistema para obtener contratos.
Historias de asesinos y complots
Pero volvamos a Rusia. No ha faltado quien señale que el Kremlin ya veía con incomodidad el hecho de que muchos de los empresarios que hicieron fortunas increíbles durante la privatización de bienes nacionales se hayan venido a vivir a Gran Bretaña.
Lo mismo sucedió con varios disidentes o enemigos abiertos del gobierno en general o de Vladimir Putin en particular, que en algunos casos complotan la caída del régimen.
Uno de ellos, que se ha referido públicamente a su intención de hacer algo para que Putin deje el poder es el multimillonario Boris Berezovsky, a quien habrían tratado de asesinar hace unas semanas.
Según el diario londinense The Times, Scotland Yard informó que la policía detuvo a un hombre que presuntamente vino de Rusia con la misión de liquidar a Berezovsky. Lo interrogaron durante dos días y después lo deportaron.
Al que las autoridades británicas no están dispuestas a deportar es al propio Berezovsky, cuyas actividades interesan sobremanera a las autoridades rusas, y no sólo por los cientos de millones de dólares que el magnate ha invertido en el financiamiento de grupos de oposición en Rusia.
Del comunismo al capitalismo
Sin embargo, sería demasiado simple atribuir a una sola persona las tensiones que han aparecido recientemente en la relación entre Downing Street y el Kremlin.
A fin de cuentas, el episodio diplomático es un detalle de una historia mayor que, como todo proceso sociopolítico, sólo se entenderá cuando se hayan extinguido los ecos de las declaraciones y la prensa haya olvidado lo que se dijo y vea lo que pasó.
No es fácil ignorar que Rusia todavía vive los efectos de la transición del comunismo al capitalismo, y que todavía no se recupera del saqueo de sus recursos nacionales.
Muchos de esos recursos fueron vendidos no al mejor postor sino a quien tuviera las mejores conexiones. Del comunismo brutal, los rusos pasaron al capitalismo brutal, y la mayoría tuvo que conformarse con ver cómo nacían los ricos que tarde o temprano vinieron o vendrán a Londres.
Tampoco es fácil olvidar el sentimiento nacionalista ruso, que es similar al de todos los pueblos que alguna vez fueron imperio. No resultaría exagerado pensar que –pese a su fuerza económica- Rusia se siente relegada de la escena internacional.
Bastaría con recordar algunos de los roces recientes entre el presidente Putin y los jefes de gobierno de Occidente que han presionado para que se consolide la reforma democrática en Rusia.
Pero también bastaría con recordar que Putin ha comparado la política exterior de Estados Unidos con la de Alemania nazi, y advirtió que apuntaría sus misiles hacia Europa si Estados Unidos instalaba bases militares en Polonia y en la República Checa.
La vida de las naciones es obviamente más complicada que la de las personas, pero no es muy diferente.
Sin embargo, después de este repaso leve a algunos de los puntos de fricción entre las personas que mandan en un país y en otro, lo que uno puede decir a ciencia cierta en este momento es que las diferencias entre el Reino Unido y Rusia no son causa de guerra.
Y que la cosa está caliente.