A le ssa nd ra G otbaum, de Brooklyn, ha visto el mundo, no al edificar casas para los desamparados o cavar canales de irrigación, como lo hacen ahora los adolescentes para dar peso a sus curriculums en sus solicitudes de ingreso a la universidad, sino como compañera de viaje y mejor amiga.
Alessandra, de 17 años, acompañó a una familia y su hija a Londres y París. La bailarina Lourdes Lopez la invitó a la isla de St. Bart’s como compañía para su hija, Adriel Saporta. Y el arquitecto Daniel Libeskind invitó a Alessandra a pasar la Pascua judía con su hija, Rachel, en su hogar en el sur de Francia, así como, en otra ocasión, a Venecia.
“Libeskind traía aquí a su hija”, explicó la madre de Alessandra, Julienne Schaer. “Ella y mi hija son muy buenas amigas”.
Aun para familias que no viajan de vacaciones hasta Venecia, el hecho de invitar a un acompañante para un hijo o hijos conlleva ventajas.
“A veces, es la única forma de convencer a un adolescente de que salga de viaje”, expresó Holly Hughes, autora del libro “Frommer’s 500 Places to Take Your Kids Before They Grow Up” (Los 500 lugares de Frommer a donde llevar a sus hijos antes de que crezcan).
Los padres admiten que sufragar los costos de alojamiento y comida y, en algunos casos, del transporte aéreo, puede resultar caro. Y siempre existen preocupaciones de que el niño invitado extrañe a su familia o de que los niños no se lleven bien durante el viaje.
Pero considere la alternativa: hijos únicos malhumorados, peleas entre hermanos o, peor aún, niños que escuchan su iPod en la parte trasera de la minivan familiar, inmersos en una dimensión paralela en la que no pueden oír a sus padres, aunque éstos les hablen a gritos.
Hughes hace la distinción entre dos tipos de vacaciones. Está el tipo recreativo, como ir a esquiar o a la playa, donde un amigo puede convertirse en tabla de salvación, especialmente si los padres prefieren no seguir a sus hijos por pistas peligrosas.
Y están las vacaciones de corte cultural. En ese caso, de acuerdo con Hughes, es mejor dejar al amigo en casa.
“Si los acompaña un amigo, no prestan atención a las cosas históricas y culturales”, explicó. “Para los adolescentes, la presión de ser buena onda y cínico aumenta cuando hay un amigo al lado”.
La seguridad del joven invitado también constituye una preocupación.
Un padre que solicitó el anonimato porque la otra familia nunca se enteró del incidente, recordó el día reciente en que su hijo, de doce años, y su amigo regresaron del bosque con una escopeta cargada que habían encontrado.
“El tipo que renovaba mi granero la utilizaba para dispararles a las marmotas”, relató. “Le dije al niño: ‘Por favor, no se lo cuentes a tu mamá’”. Aparentemente, no lo hizo.
Tal vez la problemática más delicada al invitar a un amigo de sus hijos sea la de quién paga qué. En general, la etiqueta parece sugerir que la familia del invitado paga el transporte aéreo y los gastos durante el viaje. Schaer, fotógrafa profesional, indicó que para corresponder a la generosidad de los Libeskind, quienes llevaron dos veces a su hija Alessandra a Europa, fotografió la fiesta del sexagésimo cumpleaños del arquitecto.
Para Brooke Kelly y Julia Bruton, de catorce y trece años, ambas de Bronxville, suburbio de Nueva York, y que se conocen desde el kinder, la semana que Julia pasa con la familia de Brooke en los Hamptons, Long Island, cada agosto, constituye una experiencia afectiva de otro tipo. Es un receso de la presión de la adolescencia y un regreso a una época en que los niños salían de la casa por la mañana y regresaban al anochecer, felices y agotados. “Es algo que incluimos de manera natural en sus planes de verano”, indicó Marianna Bruton, madre de Julia.
“Es como si volvieran a tener seis años”, agregó. “Simplemente juegan. Les ha permitido ser niñas un poco más de tiempo”.