Cada año, durante la luna llena de junio, la gente de la pequeña aldea sureña de Puchaldini suplica a los dioses para que los bendiga con un provechoso monzón. Recitan plegarias, sacrifican pollos y juegan carreras con sus bueyes pintados por los senderos lodosos.
Este año, el festival anual del monzón fue diferente. Una semana antes, lluvias inusualmente fuertes inundaron los campos de la aldea, destruyeron cultivos, ahogaron al ganado y las cabras y mataron a diez personas, parte de un total de 160 víctimas en el sur y oeste de la India en menos de cuatro días. (El número de víctimas a nivel nacional era de 660 al 9 de julio, informó el gobierno.)
“Nunca soñamos que hubiera tanta lluvia en un solo día’’, indicó T. Narasappa, de 50 años. “Todos los años pedimos a Dios que nos mande lluvia. ¡Ahora es demasiada!’’.
La inundación convirtió a Puchaldini en un vivo ejemplo de la crónica vulnerabilidad de India a las lluvias, que algunos años llegan con mucha fuerza y en otros simplemente no llegan, al destruir vidas y sustentos y repercutir en toda la economía.
Ahora que India da grandes pasos en el desarrollo, casi todo sigue a merced de las lluvias, pues dos de cada tres ciudadanos viven en el campo y aún subsisten en gran parte de la agricultura de temporal.
Jairam Ramesh, Ministro de Estado de Comercio, citó un nuevo estudio realizado por un economista gubernamental, Arvind Virmani, que concluyó que hasta el 45 por ciento de la variación en el producto interno bruto de la India en los últimos 50 años podría explicarse por las fluctuaciones en las precipitaciones.
En los últimos años, el capricho de la naturaleza ha sido tan impredecible como siempre, al castigar a grandes franjas de tierras de labranza con implacable sequía, o bien inundar desiertos. A consecuencia del calentamiento global, dicen los científicos, es más probable que en la India ocurran acontecimientos climáticos extremos, lo que hará al país más propenso a cambios paralizantes.
No obstante, el monzón hindú siempre ha sido impresionante y errático, al depositar un promedio de 89 centímetros de lluvia entre junio y septiembre.
Pero las calamidades resultantes se pueden atribuir tanto a la pobre planeación como a la naturaleza. India no está equipada para aprovechar y almacenar sus lluvias, y carece de una red de irrigación.
Las lluvias habitualmente embotellan las calles mal mantenidas de algunas de sus ciudades más prósperas.
En Puchaldini, quienes aún cosechan, labraron sus tierras como lo hacen todos los años justo antes de las lluvias de junio. Sembraron semillas resistentes: lentejas, girasol y algodón.
Nadie esperaba lo que dejaron caer las nubes. El distrito registró 10,8 centímetros de precipitación el 23 de junio, lo que arruinó la siembra.