Reformas en organismos estatales favorecerán cambios en los partidos.
“Si no nos abría la puerta el señor Morejón, no podíamos sesionar”, comenta un risueño René de la Torre, recordando los tiempos en los que el Partido Conservador, allá por los años cincuenta y sesenta, era parte de la fortuna de su acaudalado director Manuel Jijón; hasta que Julio César Trujillo alquiló un local y comenzó la revuelta en la organización más antigua del país.
Eran los tiempos en que dominaba dentro de un partido político el dirigente que poseía la libreta con las direcciones de los líderes locales.
¿Han cambiado mucho los tiempos? Sí y no.
Con métodos diferentes, la verticalidad en los liderazgos y el fomento de las fidelidades incondicionales hacia el líder han continuado, en momentos en que la proximidad de una Asamblea Constituyente permite pensar que se propondrán cambios en el sistema de partidos para democratizarlos.
La pregunta es si la democratización de los partidos, que está reglamentada en la ley respectiva, puede avanzar con reformas al texto constitucional. O si la democracia les vendrá a las agrupaciones políticas desde afuera; es decir, modificando el escenario en el que actúan, despartidizando varias funciones del Estado y reformando el Parlamento para limitar el llamado “botín” político.
Para el analista y catedrático de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) Simón Pachano, lo que hace falta es un organismo que haga cumplir la Ley de Partidos en lo que esta manda: el debate abierto en el seno de la militancia, la forma de elección de los dirigentes y su renovación periódica, la selección de los candidatos, la formación de la militancia y la creación de espacios para que esta se exprese y se organice al interior de la agrupación política.
Quizás, plantea Pachano, ese organismo puede ser una Corte Electoral independiente de los partidos.
A su vez, el ex diputado Ramiro Rivera (UDC) destaca las dificultades que vive esa democratización en un panorama político influenciado por el clientelismo.
Por ejemplo, si se trata de ganar poder al interior de un partido, el caudillo agrega afiliaciones, representando a decenas de cooperativas o de asociaciones locales. El concepto mismo de militancia se pierde con el clientelismo, sostiene Simón Pachano.
Para Rivera, la fragmentación ha ocurrido con frecuencia en las tiendas políticas que han probado la aplicación de la democracia.
En algún momento, la Democracia Popular y la Izquierda Democrática vivieron elecciones primarias para seleccionar candidatos y procesos de participación de la militancia.
Por otra parte, está la crisis de representación en la que han caído los partidos.
Rivera afirma que el fenómeno de la llamada volatilidad del electorado tiene estrecha relación con la pérdida de representatividad de un partido o dirigente político. Si no hay fidelidad en los electores no hay fidelidad en la representación, el elegido pierde la representatividad, señala. Migran los electores, migran los elegidos abandonando sus partidos; y lo que acaba determinando las decisiones de un legislador es su opinión puramente personal.
El fin de la oposición ciega
Diversas fórmulas podrían ensayarse para democratizar los partidos. Algunas, incluso, podrían ser materia de norma constitucional: cambiar los alrededores que influyen en la vida de los partidos.
Pachano destaca, por ejemplo, la posibilidad de un buen sistema de premios y castigos, es decir que las leyes favorezcan a los mejor organizados.
Igualmente, anota, si se despartidizan organismos clave del Estado, como el Tribunal Constitucional, el sistema judicial o el Tribunal Supremo Electoral, se eliminan incentivos que desvían a los partidos de sus roles fundamentales.
“Los partidos son, ante todo, la agregación de diversos intereses, su rol es formular propuestas, programas, orientaciones ideológicas que conviertan esa agregación de intereses en tendencias fuertes”, dice.
Por otra parte, pueden modificarse los periodos de ejercicio de las autoridades de control, de modo que no coincidan con los periodos presidenciales o legislativos.
Para Pachano existen tres aspectos estrechamente relacionados entre sí. El primero es el tipo de régimen político, si es presidencialista, parlamentario o una mezcla, donde sería conveniente un sistema de balances y controles entre Legislativo y Ejecutivo para evitar bloqueos, y un Congreso coparticipante en algunos aspectos de gobierno y corresponsable.
Mientras tanto, la historia reciente ha demostrado que un partido se vuelve fuerte deslindando toda responsabilidad y participación en un gobierno. Tal vez el ejemplo más palpable fue el crecimiento del Partido Social Cristiano durante la oposición radical que practicó contra el régimen de Osvaldo Hurtado (1981-84).
Una exigencia de corresponsabilidad significaría que el texto constitucional sea más explícito sobre la oposición. La actual Constitución, en su artículo 117, dice:
“Los partidos y movimientos políticos que no participen del gobierno tendrán plenas garantías para ejercer, dentro de la Constitución y la ley, una oposición crítica, y proponer alternativas sobre políticas gubernamentales. La ley asegurará este derecho”.
Un segundo aspecto, propuesto por Pachano, se refiere al sistema electoral y de partidos. Un sistema que tienda a concentrar grandes fuerzas, a promover alianzas, de modo que se expresen tendencias nacionales, frente a las cuales sea posible exigir rendición de cuentas; y unos partidos fuertes en el Congreso, con presencia de sus máximos dirigentes.
Finalmente, un tercer aspecto es una distribución territorial del poder, llamada también descentralización. Esto permitiría que los conflictos políticos locales se resuelvan a ese nivel, con la expresión de una gran diversidad de movimientos y organizaciones, pero que el sistema electoral sea cerrado en lo nacional para favorecer la presencia de tendencias fuertes.
Entre tanto, concluye Simón Pachano, el sistema de partidos vigente fracasó desde sus inicios, plagado de contradicciones. “¿Cómo es posible, por ejemplo, que se pida la existencia de tendencias políticas fuertes si la Ley de Partidos bloquea las alianzas?”, se pregunta el analista.