- JUL. 13, 2007 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
Paris Hilton, decíamos el domingo, no existe sino que es el nombre de nuestra época. En otras palabras: Paris Hilton es una chica con cero talento que únicamente es un timo mediático de proporciones mundiales que tiene su correspondencia en los rebaños de multitudes de fans que van a agitar carteles a favor de su ídolo. Y esto desgraciadamente es el signo de la época.
Muchas cosas se elevan a los altares católicos de la noche a la mañana y comienzan a surgir consensos universales alrededor de que alguien es... famoso, simplemente por ser famoso. “Los labios más bellos del Ecuador” es suficiente mérito para la adoración colectiva. “Es el cantautor más famoso (con un solo éxito, claro) del país” se proclama a los cuatro vientos.
Y entre famosos se entienden. Entonces, los programas de farándula se sienten con la obligación, el deber de ir entrevistando a cuanto candidato a la asamblea por el gremio aparezca. ¿Por qué? Porque es del grupo, claro. Así pueden pasar un tal Joselo Sánchez por el programa de Marián (‘Noche a noche’) como una Cristina Reyes por el set de ‘La Noche con Angelelli’.
Esa es la verdadera farandulización de la política. El salto de los personajes de la farándula a la política, por sí misma, no es ni buena ni mala. Cuando la política se convierte en un tema de quién es más guapo, mejor vestido y quién es parte de los faranduleros, ahí las cosas comienzan a oler mal.