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El maestro y las reglas |
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Y ahora resulta que para preguntar al excelentísimo señor Presidente de la República hay que reunir ciertas condiciones, que el excelentísimo señor Presidente de la República aún no ha definido claramente. Quizás una comisión, de esas a las que él es tan adicto, esté preparando un reglamento en que se fijen los atributos que deben adornar a aquellos que merezcan ser sus interlocutores. Y quizás, también, allí se norme la manera en que los cuestionamientos deben ser formulados: por escrito, con tinta verde, una caligrafía apropiada y un límite de diez palabras.
Porque ahora resulta que el excelentísimo señor Presidente de la República no se halla dispuesto a contestar lo que los periodistas quieren saber, revestido como está de una majestad simbolizada en su numeroso séquito de guardaespaldas, sus camisas con diseños étnicos que semejan a las de los vocalistas de cualquier trío de música protesta, su talla de jugador de baloncesto y su sonrisa enigmática, entre irónica y nerviosa, propia de un boy scout perdido con una girl scout en medio de un bosque enmarañado.
Académico, el excelentísimo señor Presidente de la República se ha erigido en el maestro de un país de idiotas que, en su torpeza, ignoran las más elementales reglas del saber, que él va dictando a su paso por calles, plazas, fiestas y balcones. Conocedor profundo de los secretos de todas las artes y las ciencias, formula sentencias irrefutables, que son las únicas que sus discípulos deben acoger como ciertas para anotar rápidamente en su cuaderno de Cívica. ¡Pobre de aquella persona que, tras una de sus disquisiciones magistrales, se atreva a levantar el dedo para pedir una aclaración o cuestionar una tesis! ¡Pobre de aquella!
Para el docto maestro las formas son indispensables y, de estas, la principal es la del respeto que se le debe por su alta condición, que lo sitúa a una enorme distancia de los demás, a los que él educa con la cárcel, en unos casos, o fustiga con su verbo ágil, venenoso, latigueante, en otras.
Como todo maestro que se precie, él tiene sus escogidos a quienes, condescendiente, disculpa sus evidentes desaciertos, sus continuas mentiras, sus contradicciones y sus trampas. Sus elegidos han sido fabricados a su imagen y semejanza y están libres de errores; aquellos que no lo son, en cambio, fueron construidos con el barro del atraso, la estupidez y la ceguera y, como tales, son sujetos de oprobio, la burla y el castigo.
Pasea el maestro su sabiduría que nos coloca a todos frente a la gran revolución que anuncia y que, según se vislumbra, es ante todo una revolución de urbanidad: hay que aprender a respetar al superior, a aquel que nos está conduciendo, con su sola palabra vivificadora, a un destino inédito exento de miseria, de desigualdades, de vivezas, de politiquería, audacias, pactos de trastienda y asalto a los fondos del Estado. Pero, claro, esas prácticas pueden seguir vigentes y, quizás, solo podrán ser combatidas mucho después, cuando hayamos aprendido a acatar las reglas básicas de la sumisión. Y del silencio. |
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