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De San Clemente y otros parajes |
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Ecuador puede ser muchas cosas: mapa a colores, entidad que se conoce a través de noticieros, territorio al que decimos: “¡Salve oh patria, mil veces! ¡Oh patria!”, beso a la bandera, datos acerca de la superficie, número de habitantes. Se anima el mapa, toma vida cuando nos lanzamos en las carreteras, husmeamos el ambiente, nos detenemos para conversar con toda clase de gente, no el pequeño círculo social en el que mucha veces nos encerramos. Creo que cada ser humano puede enseñarnos algo. Me conmueve la conversación con personas desconocidas que, en el breve espacio de un diálogo, logran establecer una amistad entrañable. Aprendí el español amando. No fue nada difícil.
Recorrí el territorio nacional en casi toda su extensión, acompañé a los arrieros hasta las nieves eternas del Cotacachi, cayéndome varias veces del caballo sin montura que se me había asignado, viendo cómo el equino parecía reírse de mí, relinchando, pelando el diente, sacudiendo la cabeza. Con el guía Enrique Veloz nos fuimos tres veces al asalto del Cotopaxi sin saber que en el 1982 daría un concierto en la cumbre donde me llevaría con el piano un helicóptero Superpuma pilotado por el atrevido francés Henri Bordes hasta los seis mil metros de altitud.
El Oriente me deslumbró con su gente acogedora, sus cascadas, aves, mariposas multicolores, comidas exóticas a veces inquietantes. Vi desde el aire la tierra guayaquileña lanzándome unas cuantas veces con los comandos de la Fuerza Aérea. Lloré cuando murió el cabo Burgos, mi entrenador, porque no se abrió su paracaídas de emergencia. A medida que pasaron los años vi morir a mucha gente. Tengo a tantos amigos –más de cien– en el cementerio, que al fallecer me volveré a encontrar en terruño amigo. Mezclarán mis cenizas con las de mi esposa porque el amor solo puede ser eterno. Este preámbulo me lleva a comentar el hallazgo que recién me llenó de emoción. David Samaniego, eterno fanático de esta tierra, me comprenderá mejor que nadie. Cantan nombres o rimas en total desorden: Lumbaquí, Atuntaqui, Sangolquí, Urcuquí, Saquisilí, El Cajas, Shushufindi, Coaque, Pimampiro, Puerto Cayo, Mindo (hostería El Bijao), San Rafael y sus cascadas, la Virgen de piedra de Shanshipamba. Mil imágenes quedaron en mis retinas a través de tantos años.
San Clemente, mi último hallazgo, cerca de Portoviejo y Crucita, lleva por una avenida ancha y gloriosa hasta el mar donde una playa de dieciocho kilómetros deslumbra por su belleza. El pueblito ofrece sitios donde los cebiches superlativos, con langosta incluida, requieren el brindis fraterno con una cerveza. Nada de delincuencia, paz que sobrecoge, gente amable, sencilla. Desde Guayaquil cada pueblo tendrá sus características: almohadones por aquí, hamacas por allá, arroz, frutas, tortitas de maíz o de morocho, miel, barros, artesanía (La Pila), motocicletas convertidas en taxis de varios asientos, nombres cantando en la memoria: Pedro Carbo, Cascol, Jipijapa, Portoviejo, Charapotó. Me deslumbra Bahía de Caráquez por el que regalaría Miami, prefiriendo la gentileza manabita a la frialdad norteamericana con sus automóviles convertidos en burbujas de indiferencia. Amo a Ecuador como si hubiera nacido aquí. |
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| Walter Spurrier Baquerizo |
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| Guayaquil |
| Feria del Libro |
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Frases para el tiempo es el nombre del libro que presenta hoy el profesor Édison Martínez Guerrero. El acto se desarrolla en el marco de la Feria Internacional del Libro del Ecuador que organiza la Municipalidad de Guayaquil y la Dirección de Cultura y Promoción Cívica.
HORA: 18:00 DIRECCIÓN: Urna Sur del Palacio de Cristal (Malecón 2000) |
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