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Los sembradores de paz |
Julio 08, 2007
Me imagino que los elegidos nunca sospecharon que serían, en tan corto plazo, enviados como pregoneros de Jesús a los pueblos y lugares que iba a visitar, para anunciar que el Reino estaba ya a las puertas.
Ellos, los setenta y dos seleccionados, no llevando tanto tiempo con Jesús, no sabían mucho de aquel Reino. Tampoco disponían de ninguna agarradera humana por si la empresa fallaba: “ni dinero, ni morral, ni sandalias”, nos dice el Evangelio que hoy se lee.
Lo que les esperaba, según les advirtió el Maestro, era nada menos que los sentimientos de los lobos hacia los corderos. Y si bien algunas puertas se les abrirían, otras por el contrario, no solo se les volverían sordas sino que les causarían, al cerrarse en sus mismísimas narices, un no pequeño susto.
Sin embargo, los setenta y dos obedecieron. Partieron hacia los villorrios y buscaron, en primer lugar y en cada pueblo, algún vecino que les permitiera utilizar su casa, como puesto de comando para las operaciones.
El sistema para conseguir esta primera base consistió en decir apenas franquear la puerta: “¡Que la paz reine en esta casa!” Y sucedía lo anunciado por Jesús: que si allí se hallaba gente amante de la paz, el deseo de los misioneros se cumplía. Pero si no la había –es decir, si los destinatarios eran hombres o mujeres egoístas– la paz les rebotaba.
Cuando no les recibían, según lo que Jesús había dicho, salían a la calle y pregonaban “hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos sepan que el Reino de Dios está cerca”.
Casi siempre fueron recibidos bien. Por lo cual en casi todas partes predicaron la proximidad del Reino, curaron todo enfermo que encontraron y, desde luego, no pasaron hambre. Una vez más se pudo comprobar que haciendo lo que les pedía Dios, los montes se les allanaban.
Cuando volvieron a casa (es decir, al sitio en que Jesús se hallaba predicando) relataron llenos de alegría lo vivido: “Señor –le comentaron admirados a Jesús– hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Y recibieron de Jesús esta respuesta asombrosa: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes se les ha dado poder para aplastar serpientes y escorpiones, y para vencer toda fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.
En las palabras de Cristo hay, en primer lugar, una iluminación sobre la superioridad del cielo (que aventaja todo lo gozoso y ventajoso que se pueda imaginar), y una clara monición sobre el valor de la obediencia. Pero también se puede hallar en ellas –y a mí me gusta destacarlo para no dormirme– este segundo sentido: los sembradores de paz, los hombres y mujeres que la extienden y defienden, los que se oponen al maldito juego de oponer a unos con otros, tienen poco menos que seguro el cielo.
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