Escasos días tras cumplir 18 años, en abril, Salifou Yankene se encontraba solo, a las diez de la noche, en una esquina de Lower Manhattan. Lo habían dejado allí después de que las autoridades de inmigración lo liberaron inesperadamente, de una prisión de Nueva Jersey.
“Me dicen: ‘Estás libre’”, recordó, desconcertado. “Contesto: ‘¿Libre de ir a dónde?’”.
Esa noche, el ex niño soldado —ahora de más de 1,80 metros de estatura, con músculos marcados y un diagnóstico de severo desorden de estrés postraumático— durmió en un sofá del departamento de su abogado, Elliot F. Kaye.
Meses antes, el 8 de noviembre, el adolescente había bajado de un avión en el Aeropuerto Kennedy y pedido asilo. Días antes, en Costa de Marfil, blandía un arma automática. Ahora, todo lo que tenía era su nombre y una frase: “Quiero ser refugiado”.
Con el tiempo, la historia de Salifou saldría a la luz: su padre y su hermana mayor fueron asesinados cuando tenía doce años; la familia huyó a un campamento improvisado para desplazados; cuando tenía quince años, fue reclutado por soldados rebeldes que le cercenaron la mano a su hermano menor y, dos años después logró una extraordinaria huída en la que su madre arriesgó su propia vida para tratar de salvarlo.
Alan Page, el juez que escuchó este relato durante la audiencia relativa a la petición de asilo político de Salifou, tras la liberación del joven, lo consideró creíble. Page concluyó que Salifou podía exponerse a ser encarcelado, torturado o asesinado en el conflicto que divide a Costa de Marfil.
Pero Salifou de todas formas puede ser deportado porque el gobierno estadounidense alegó que, en base a su mismo testimonio, era uno de los persecutores y, por ello, estaba legalmente imposibilitado de recibir asilo. El gobierno actualmente apela el dictamen que lo liberó.
De acuerdo con los grupos de derechos humanos, hay 300 mil niños soldados en el mundo. Sólo unos cuantos han llegado a Estados Unidos, pero las campañas destinadas a detener el reclutamiento y rehabilitar a los sobrevivientes tienen gran resonancia en el país, en gran parte porque “Long Way Gone”, bestseller autobiográfico escrito por Ishmael Beah, ex niño soldado, le ha puesto un cautivante rostro humano al potencial de redención existente.
Nadie ha abordado realmente cómo encargarse de aquellos que llegan a Estados Unidos en busca de refugio.
Sus violentos pasados plantean preguntas difíciles: ¿Acaso se les debería prohibir legalmente pedir asilo por ser persecutores o deberían ser protegidos como víctimas? ¿Cómo se les puede curar, y quién los ayudará?
“Algunos ya no pueden ser curados”, expresó Salifou, quien reconoció que, alguna vez, disparar una ametralladora le había parecido “genial”. “Algunos no pueden dejar de matar ni de dar órdenes”.
Cuando Kaye tomó el caso sin cobrar honorarios, en enero, Salifou, entonces de 17 años, estaba a punto de darse por vencido. Detenido y abrumado por la culpabilidad, la ira y la desesperación, gritaba a veces: “¡Mándenme de vuelta allá!”.
El año pasado, Kaye se enteró de la autobiografía de Beah cuando una adaptación de ella fue publicada en el New York Times Magazine. Llevó a Kaye a entrar en contacto con Laura Simms, la mujer a la que Beah considera como su segunda madre.
Simms se convirtió en su mentor, en la guía a un creciente círculo de desconocidos resueltos a rescatar a Salifou, incluso, de ser necesario, de sí mismo. “En un principio, desconfiaba de todo el mundo”, expresó Salifou, en francés. “Lo único que quería era morir. Elliot cambió eso”.