Ramón Sánchez no es un gran creyente en los poderes de Cupido. Sin embargo, cuando este soltero, de 54 años, delgado, pero fuerte oyó que docenas de mujeres llegarían a este tranquilo pueblo para tener citas con hombres de la localidad, a quienes nunca antes habían visto, con gusto se inscribió.
Sánchez, que vive a 21 kilómetros de la aldea, en una granja sin teléfono y con sólo ovejas y vacas por compañía, dijo haber acudido con la esperanza de conocer a alguien con quien pudiera pasar su vejez.
“Sería bonito tener una mujer con quien compartir las cosas”, expresó el hombre de piel bronceada, curtida por el viento y el sol.
“En realidad, lo que quiero es alguien que se encargue de la casa. No tanto de mí. He hecho eso toda la vida”.
Un sábado reciente, a la hora de la comida, Sánchez estaba parado entre una multitud de hombres solteros y otros pueblerinos en espera de un autobús que traería a 62 mujeres, procedentes de Madrid, para una velada en la que cenarían, bailarían y —esperaban todos los involucrados— tendrían un poco de romance.
Cuando el autobús se detuvo junto a la iglesia de piedra del pueblo, la multitud se apretujó alrededor de él, vitoreando y gritando. Los 66 hombres solteros de La Viñuela y aldeas cercanas, que pagaron 50 euros cada uno por participar en la cita masiva, les regalaron claveles rojos a sus invitadas.
“Esperemos tener algunos resultados esta tarde”, dijo Serafín García, de 48 años, quien ayudó a organizar la cita con la esperanza de encontrar almas gemelas para algunos de los quince solteros, entre ellos él, que viven en esta aldea de 137 habitantes.
Una migración de jóvenes de las áreas rurales a las ciudades, en los años 60 y 70, provocó una escasez de esposas potenciales para los hombres que ahora se quedaron para labrar la tierra en las zonas rurales de España. Las mujeres, llevadas a las ciudades por el atractivo de empleos no agrícolas, se marcharon en mayores cantidades que los hombres.
A simple vista, las mujeres, con sus llamativos zapatos de tacón alto se veían fuera de lugar entre sus anfitriones, que vestían de manera sencilla. Pero muchas de ellas dijeron haber crecido en pueblos y que estarían felices de cambiar el desgaste de la vida urbana por la seguridad y paz del campo.
María Elisbe García, una mujer bien arreglada, de 55 años, con cabello rubio oxigenado, parecía confiada de tener éxito mientras se sentaba a cenar, tomada de la mano de Cándido Cubero, de 51 años, elegante viudo de Puertollano, una aldea cercana.
“Vine aquí para conseguirme un novio, un hombre bueno y cariñoso, y creo que encontré uno”, dijo García, cuyo marido la dejó poco después de que ella se mudó de Colombia a España, hace ocho años.
Tristemente para Sánchez, parecía haber tenido razón en cuanto a no albergar expectativas románticas. Confesó estar decepcionado de que muchas de las mujeres provinieran del extranjero y dijo que, de todos modos, era muy tímido como para acercarse a ellas.
“Supongo que no tengo demasiada confianza en mí mismo. Sólo soy un campesino”.