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Bagdadíes cristianos hallan nueva vida entre los kurdos

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Samir Bibadro y su familia se mudaron al norte kurdo luego de que milicianos empezaron a matar a barberos como él.
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Julio 08, 2007

Por SABRINA TAVERNESE | KARA-ULA, Iraq

Las 70 casas de esta pequeña aldea se yerguen con la uniformidad de un campamento del ejército en la llanura árida y sin árboles, ubicada en la punta norte de Iraq.

Construidas durante los últimos cuatro años de guerra, albergan a refugiados cristianos de algunos de los vecindarios más peligrosos de Bagdad: Dora, Nueva Bagdad y Mashtel.

Ocupados allá con sus vidas citadinas, los residentes no se conocían. Hoy, un peluquero, una gerente bancaria, un conductor de noticiero y un electricista son camaradas en la desgracia de la huida.

“Vimos todo lo que un humano puede ver”, dijo Majida Hamo, madre de cuatro hijos, que llegó recientemente procedente de Mashtel. “Fue una especie de genocidio.

“Le decíamos a Jesús: ‘Míranos y sálvanos’”.

El éxodo iraquí es uno de los desplazamientos más grandes en el Medio Oriente desde la creación de Israel, en 1948. Muchos han huido a Jordania y Siria, países donde se habla árabe.

Otros se han mantenido dentro de las fronteras iraquíes, al mudarse al norte kurdo, en gran medida pacífico, que resulta más extranjero para ellos que los países vecinos, porque el idioma principal es el kurdo, no su árabe natal.

La elección de este pequeño pedazo de tierra a lo largo de la frontera con Turquía no se hizo de manera arbitraria.

Un día gris de 1975, los padres de los refugiados fueron sacados de sus granjas en Kara-Ula, envueltos en uno de los crueles planes de reubicación sectaria de Saddam Hussein, explicaron los residentes.

Les dieron unas cuantas horas para reunir sus pertenencias y subirse a camiones del ejército. Terminaron en Bagdad.

En la capital, las familias —agricultores y pastores— se convirtieron en citadinos, y tomaron empleos como taxistas, empleadas domésticas y peluqueros. Samir Bibadro nació el año en que llegaron sus padres. Se establecieron en Dora, una bulliciosa área de clase media baja con una numerosa población cristiana.

Durante la mayor parte de su vida adulta, Bibadro trabajó como peluquero en su vecindario, en la parte sur de Bagdad. Después de la invasión estadounidense, entraron los militantes sunitas para tomar control de él y empezaron a matar a peluqueros, porque el profeta Mahoma llevaba barba.

Bibadro no tenía dinero para mudarse a Estados Unidos, como otros de la comunidad cristiana, y se estableció en la aldea de su padre, lugar en el nunca había estado. Los planes para mudarse se volvieron urgentes luego del asesinato de su primo y su cuñado.

Sentado en su casa de concreto de un piso, lejos de la violencia, Bibadro se dio una palmada en el pecho y describió sus sentimientos con una sonrisa y una palabra: tranquilo.

Los refugiados de clase media alta tienen una opinión diferente.

Para Suhail Nissan, ex gerente bancaria, vivir en Kara-Ula se siente como que se le acaba el aire. Ella y sus cuatro hijos huyeron hace un año, después de que, en una llamada anónima, la amenazaron con matarla si no dejaba su casa. Se marchó sin llevarse sus muebles.

Ahora, gasta sus escasos ahorros en el transporte de sus hijos a una escuela árabe.

La enseñanza dista mucho de los estándares de las escuelas para niños dotados a las que asistían sus hijos, en Bagdad, y le preocupa que su futuro es más desconsolador. Sus ahorros le durarán sólo unos cuantos meses más.

“Pienso: ¿Qué voy a hacer dentro de dos meses?”, expresó, parada afuera de la nueva iglesia del pueblo, mientras se estrujaba las manos nerviosamente. Incluso ha intentado recuperar su antiguo empleo, como gerente en el Banco Rafidain, en Bagdad, pero fue rechazada.

La única instrucción en la aldea para los adolescentes es una lección de religión impartida por un ex conductor de noticieros, Salam Toma, en una habitación blanca y vacía, salvo por sillas de plástico.

Otro problema es la atención médica. Por malos que se hayan vuelto los hospitales en Bagdad, la atención, al menos para aquellos con dinero, aún es mejor que en Kara-Ula. Behjat Tahkia, electricista de 43 años, comentó que su hermano quería mudarse a la aldea con el resto de la familia, pero tuvo que permanecer en Bagdad debido a un padecimiento cardiaco.

A pesar de ello, la gente en Kara- Ula está feliz de estar viva, y agradecida con el Gobierno kurdo local, que ha destinado pequeños estipendios mensuales y el terreno para sus casas, dijeron los residentes.


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