Caminar por la explanada principal de la terminal ferroviaria Grand Central es poner pie en un set cinematográfico de la vida real. Cary Grant pasa por ahí mientras escapa de sus potenciales asesinos en “Intriga internacional”. De manera más reveladora, es escenario de un momento crucial en “El pescador de ilusiones”, cuando Robin Williams, en el papel de un hombre emocionalmente desequilibrado, pero de corazón puro, detecta a la mujer de sus sueños que se encamina a su tren. De pronto, toda la gente en el lugar comienza a bailar un vals, lo que convierte a ese sucio lugar cotidiano en un escena de centellante romance.
Su mágico papel en la pantalla hace de la terminal Grand Central el telón de fondo ideal para “Celluloid Skyline: New York and the Movies” (Horizonte de celuloide: Nueva York y las películas), ambiciosa exhibición de filmes, fotografías y sets montada en la Sala Vanderbilt, contigua a la explanada principal.
La exhibición hace más que llevar a los espectadores detrás de las cámaras y a través de la historia de la ciudad en la pantalla grande. Ilustra cómo el cine ha hecho de Nueva York una experiencia comunal, familiar incluso para gente que nunca ha estado ahí.
¿Qué constituye un filme de Nueva York? No es uno que simplemente está ambientado ahí; tampoco importa si haya sido filmado allí (aunque ayuda). En una auténtica película de Nueva York, los personajes y sus historias no pueden ser separados de la vida de la ciudad.
Mientras Estados Unidos luchaba para salir de la Depresión, Fred Astaire y Ginger Rogers bailaban por una ciudad de deslumbrante elegancia estilo art deco, en blanco y negro, en clubes nocturnos creados con todo el artificio que los foros de Hollywood podían ofrecer.
Los cambiantes y despreocupados 60 vieron a los prostitutos vulgarmente ataviados de “Perdidos en la noche”, además de la glamorosa Holly Golightly (más refinada), en “Breakfast at Tiffany’s”. El crimen y el deterioro de los 70 fueron manejados por Neil Simon como una pesadilla cómica, en “Perdidos en Nueva York”, y de manera ominosa por Charles Bronson en el papel de un justiciero, en “El vigilante anónimo”, y Robert DeNiro como un psicópata, en “Taxi Driver”.
Hoy, el vigorizante realismo mutliétnico de Spike Lee, en “Do the Right Thing”, “Jungle Fever” y “La Hora 25”, lo convierten en el cineasta más importante de Nueva York, quien captura los diversos elementos de la ciudad —tensiones raciales, ambiciones elegantes, escenas de comercio de drogas callejero— con una visión perspicaz y mordaz.
Gran parte de la exhibición explora cómo se crearon las imágenes mágicas de Nueva York.
Entre los artículos más raros se cuentan cuatro coloridos telones de fondo gigantes (cada uno de alrededor de 7,60 metros de altura) usados en foros, como uno de la cinta “Intriga internacional”.
La idea es que los visitantes a la exposición se paren frente a estas pantallas y sientan que entran a una película. Sin embargo, demasiadas escenas son desconocidas y las fantasías acerca de ello siempre son más específicas. Los cinéfilos quieren entrar a un modo de vida que los llama y encontrarse con gente a quien ya conocen.
Esa interacción funciona una vez en esta exhibición: si ha visto “Breakfast at Tiffany’s”, todo lo que tiene que hacer es ver la toma inicial de un taxi amarillo que atraviesa la Quinta Avenida y podrá escuchar “Moon River”.
Los filmes más sorprendentes en “Celluloid Skyline” tienen poco que ver con tales fantasías. Son cortometrajes, en blanco y negro, que se remontan a los primeros días del cine. (En la exhibición se muestran en monitores y también pueden encontrarse en el sitio celluloidskyline.com.) Llamados “filmes de realidad” porque capturaban la vida real, son maravillosos artefactos del pasado de Nueva York.