El pobre treintón –hundido en tanta superficialidad– sufrió durante todo el capítulo sacando la cuenta de los vacilones logrados en su vacilona existencia, pero el resultado era de terror, según él: solo había probado 49 bocas.
Por suerte para su salud mental y física (la prometida sí iba a matarlo de suspenderse la boda), su futura cuñada en un arranque de celos con su enamorado prometió que besaría al primer tonto que se le pusiera en frente. ¿Y adivinen quién fue el tonto y qué matrimonio, por fin, pudo celebrarse?
Primera lección: solo un tonto piensa que acumulando besos vacíos se puede fundar una familia que nos llene emocionalmente.
Segunda lección: los hombres sí solemos tener proyectos importantes que deseamos cumplir en nuestra de vida de solteros porque, luego del matrimonio y los hijos, nuestra vida dejará de ser tan “nuestra” para ser felizmente compartida con aquellos seres que más amaremos.
Construyendo un papá
Graduarse del colegio, de la universidad, hacer un posgrado, estudiar en el exterior. Avanzar lo más posible en los estudios académicos es el propósito más común entre los solteros, según nuestras aspiraciones personales y posibilidades económicas. ¿La razón? La preparación académica es un acertado camino para llegar a brindarles un buen nivel de vida a nuestros futuros hijos.
Lo anterior está íntimamente ligado con la obtención de un trabajo que nos permita crecer como profesionales, seres humanos y, muy importante, en lo económico. Nadie puede negarlo: los hijos no se alimentan solo de amor.
Además resulta muy positivo que nuestros vástagos nos observen como padres realizados profesionalmente, porque así ellos se sentirán inspirados y tratarán de conseguir esa satisfacción en el oficio que elijan en el futuro.
Un bocadillo personal
A sus 28 años, Juan soñaba con viajar de mochilero por Europa. Era su gran propósito. Por ello ahorró durante dos años y convenció a dos amigos para que lo acompañaran. Después de un mes de recorrido por España, Francia y Alemania, entre otros países, este ingeniero en sistemas regresó para casarse con la novia que tenía desde hace tres años y, doce meses después, ya celebraba el nacimiento de su hijo.
Un viaje aventurero con los amigos puede ser el último golazo que un soltero emprenda en su vida solitaria, porque ya casado y con hijos es algo más difícil. Aunque a veces el capricho de la soltería puede llevarnos a otras experiencias: recuerdo a un tipo que quería saltar en paracaídas antes de ingresar al mundo de los “serios”, otro que quería hacer un striptease en un bar para mujeres y a un sinvergüenza que se fue de viaje a la playa con una ex porque tenía “asuntos pendientes” (cuando la prometida se enteró lógicamente rompió el compromiso).
¿Y qué más?
¿Pero qué nos asegura que un buen padre se construye con posgrados, megasueldos y recorridos por el mundo cumpliendo metas personales? Quizás eso nos ayude a dar el gran paso hacia el cambio de vida, pero sería mucho mejor si en algún momento del recorrido aprendemos aquello que mencionó el Premio Nobel de Literatura 2006, el turco Orhan Pamuk, cuando recibió ese reconocimiento.
“A la edad de veintidós me encerré en un cuarto y terminé mi primera novela, Cevdet Bey y sus hijos. Con las manos temblorosas entregué el texto mecanografiado de la novela inédita a mi padre y le pedí que la leyera y me diera su opinión. Su aprobación era importante para mí. Por aquel tiempo mi padre no estaba con nosotros. Esperé con impaciencia su retorno. Cuando llegó, dos semanas más tarde, corrí a abrirle la puerta. Mi padre no dijo nada, pero me abrazó de manera tan especial que yo comprendí de inmediato: mi libro le había gustado mucho.
“Luego mi padre expresó con enorme entusiasmo y exaltadas palabras su confianza en mí y en mi primer libro, y luego me dijo, como al pasar, que algún día yo ganaría el premio que ahora, con mucha alegría, he venido a recibir.
“Él no dijo eso por convicción, ni para marcar este premio como una meta hacia la cual debería dirigir mis esfuerzos; lo dijo como un padre que, para apoyar y estimular a su hijo, le dice: ‘¡Un día serás un pachá!’. Y durante años repitió esas palabras cada vez que nos encontrábamos, para infundirme ánimo y confianza”. (M.P.)