- JUN. 17, 2007 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Coincide este domingo con el aniversario de una fecha singular: la de nuestra Consagración, como familia ecuatoriana, al Corazón Sagrado y Misericordioso de Jesús.
Fueron tiempos borrascosos para la patria neonata. Parecía que la desintegración era imparable y que se estaba envenenando la fraternidad.
Pero todo se arregló cuando los gobernantes, con una fe y una osadía extraordinarias, buscaron en Jesús la solución de las discordias.
No debemos olvidarlo. Porque si bien aquellos malos tiempos ya pasaron, los que hoy nos toca vivir, en la medida en que nosotros los hagamos malos, pueden ser igualmente peligrosos. No debemos olvidar dónde se encuentra la paz de las conciencias, de las familias y de las instituciones.
Más aprovecho la gozosa coincidencia para hacerle algunas consideraciones sobre esta incomprensible realidad: que Jesucristo nuestro Salvador –perfecto Dios y perfecto hombre– tiene un corazón perfecto.
Claro está que cuando hablamos de su Corazón, no hablamos de la musculosa bomba que mantiene en movimiento nuestra sangre. Esa víscera vital de Jesucristo, como cualquier porción de su Sagrada Humanidad, por su perfecta unión con la Divinidad, merecería nuestra adoración rendida. Pero cuando hablamos del Sagrado Corazón, hablamos, con lenguaje humano, de la fuente del amor, y del sensible receptor de las respuestas afectivas.
Es una maravilla que Jesús nos quiera con un perfecto corazón humano y a la vez divino. Primero porque de algún modo nos hace comprender la infinitud de su Misericordia. Pero también porque nos muestra lo que quiere Dios poner en nuestro pobre corazón de ex pecadores.
Precisamente el evangelio de hoy domingo nos relata un episodio de la vida de Jesús en que su Corazón nos muestra lo que siente.
Se trata de una ex pecadora superconocida. Ha entrado al comedor donde se encuentra Cristo con Simón el fariseo y con los suyos. Ha traído un perfume exquisito. Unge los pies de Jesús. Y mientras llora enamorada, oye lo que a Cristo le disgusta y lo que le complace.
“¿Ves a esa mujer? –le dice Jesucristo –. Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso; pero ella, desde que entré, no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho”.
Así es el corazón de Dios. Una infinita fuente de perdón y amor para quien se convierte y ama. Un mar ilimitado de misericordia. Un hipersensible receptor de nuestro amor o desamor.