En la precooperativa San Francisco 2, los moradores se unieron para levantar una escuela de caña, ante la falta de planteles en la zona. Aún no hay banca y materiales.
Un viejo carrete de madera que en algún momento sirvió para enrollar cables o alambres es la principal mesa de trabajo de los 30 niños de kinder de la escuela fiscal 4 de Mayo, ubicada en la precooperativa San Francisco 2, en la vía a Daule.
Allí, en medio de cerros llenos de polvo, del monte, de rústicas instalaciones eléctricas y falta de servicios básicos, se levanta el plantel. Es un galpón de caña, zinc y piedra chispa, donde no hay bancas, materiales didácticos ni juegos para aprender los colores, las figuras geométricas o las primeras letras.
En el salón de kinder, uno de los siete en los que se divide la escuela, la maestra Mercedes Lara utiliza un plato de la vajilla de su casa para enseñar lo que es un círculo y lo dibuja en hojas de papel bond para que los niños, apoyados sobre ese carrete, peguen papel plegado alrededor.
Y para reforzarlo, los lleva al patio y los agrupa en una ronda. “Esto es un círculo también”, les dice mientras los niños cantan y giran, levantando la tierra que forma el patio del plantel.
Es martes 5 de junio. Son las 08:30. El método es similar en primero, segundo y séptimo año de básica. Ninguno tiene pizarra. Los maestros se ayudan con papelógrafos, periódicos o con su imaginación porque tampoco hay mapamundi ni láminas.
El plantel acaba de crearse por un comité pro construcción que formaron los habitantes ante la falta de una escuela cercana y fiscal y este es su primer año.
El plantel más próximo, refiere Carmen Maldonado, vicepresidenta del comité, estaba a 4 km de camino o en la coop. La Florida, por eso los padres se unieron y levantaron la escuela con trabajo de equipo.
No hubo matrículas. El requisito para inscribirse era llevar una caña, una hoja de zinc o una libra de clavo y contribuir con mano de obra. Wilson Ortiz y Xavier Rodríguez, dos padres de familia, ayudaron a construirla los fines de semana, aunque nunca supieron de albañilería.
Ahora los 220 niños que allí se educan llegan a pie, la mayoría solos, con las mochilas y las bancas a cuestas. Desde las 07:00 empiezan a bajar por los caminos empinados que rodean al plantel, tomados de la mano, ayudándose unos a otros.
Aquel martes, Alexandra Chilán y Gabriela Carranza, de 9 años, llegan primero, a las 07:17, con sillas plásticas sobre sus cabezas. Detrás de ellas, le siguen Katiuska Pionce y Jennifer Moyano, que juntas trasladan una banca metálica azul.
Media hora después baja de una de las laderas del lugar Casildo Coque, de 10 años, con un pupitre de madera que armó en su casa y lleva en sus hombros venciendo las piedras que a sus pies, que calzan zapatillas de casa, les cuesta esquivar.
Como él, algunos estudiantes llegan en sandalias, con el uniforme incompleto o con otras prendas por falta de recursos. No es una exigencia, dice la directora Shirley Tumbaco, porque los padres han priorizado la compra de útiles y ayudan con los materiales para las clases, el agua para los niños y el pago a los maestros, aunque ninguno haya cobrado salario aún.
Los libros gratuitos del Gobierno son el único apoyo por el momento. No hay desayuno ni almuerzo escolar, pese a que algunos niños llegan sin comer, se duermen en clases y en el recreo toman café en agua con pan.
Pero ninguno pierde el entusiasmo, la sonrisa ni la esperanza de que su escuela llegue a ser de cemento, tengan pupitres y una mesa de estudio en lugar de ese viejo carrete de madera.