El Storefront for Art and Architecture (Vitrina parate para el arte y la arquitectura), institución sin fines de lucro, localizada en el centro de Manhattan, construyó su reputación sobre el cimiento de su habilidad para convertir sus numerosas limitantes en ventajas.
Sus mejores muestras tenían una cruda proximidad que instituciones artísticas más grandes rara vez pueden igualar.
No obstante, el Storefront parecía haber perdido su intensidad en los últimos años.
Hoy, la energía ha vuelto. “CCCP: Cosmic Communist Constructions Photographed” (Construcciones comunistas cósmicas fotografiadas), una muestra de la arquitectura soviética de los años 70 y 80, debe resultar una exposición reveladora para aquellos que dieron por hecho que la arquitectura soviética murió al llegar Stalin al poder.
La muestra, que abarca un período casi enteramente ignorado por académicos y arquitectos, está repleta de desconocidas joyas arquitectónicas. Dado el hecho de que arquitectos jóvenes ahora empiezan a reexaminar la obra construida por las contrapartes de los soviéticos durante la Guerra Fría, en ciudades occidentales como Rotterdam y São Paulo, el tema parece particularmente oportuno.
Organizada por Joseph Grima, nuevo director del Storefront, y ajena a toda agenda ideológica, la muestra se apoya casi exclusivamente en las fotografías tomadas por Frédéric Chaubin, editor parisinode una revista, que recorrió la ex URSS durante cinco años y descubrió obras arquitectónicas olvidadas en ciudades como Tbilisi, Yalta y Ereván. Los resultados son una revelación.
Entre las indiscutibles joyas figura el edificio del Ministerio georgiano de Carreteras, construido, en 1975, por Georgy Chakhava, una monumental cuadrícula de formas de concreto entrecruzadas que se eleva en un sitio boscoso y con fuerte pendiente, en Tbilisi. El diseño del ministerio desmiente muchos de los clichés existentes respecto a la arquitectura del final de la era soviética. Ubicadas en una cuesta entre dos carreteras, las pesadas formas voladizas del edificio reflejan la afición soviética por la escala épica. No obstante, también se enmarcan inteligentemente en su contexto y celebran el paisaje natural que fluye directamente bajo el edificio.
La composición de formas entrelazadas, concebidas como una serie de puentes, trae a la mente la labor de los metabolistas japoneses, de finales de los 60 y principios de los 70, prueba de que los arquitectos soviéticos no trabajaban en medio de un vacío intelectual.
Similarmente, el Sanatorio Druzhba (Amistad), diseñado por Igor Vasilevsky y terminado en 1986, en Yalta, Ucrania, ofrece una cátedra en rasgos arquitectónicos audaces. Para entrar, los visitantes cruzan un puente encerrado en un tubo de vidrio antes de descender al complejo, sostenido por masivas bases que contienen los elevadores y las escaleras.
En otro proyecto, un complejo deportivo y casa de ópera, edificado en Ereván, capital de Armenia, una terraza al aire libre baja hacia el suelo, flanqueada por un par de inmensos muros de concreto y estrechas escaleras que evocan las excavaciones de alguna ciudad futurista olvidada.
La muestra nos abre los ojos a un territorio desconocido. Cautivadora y fácil de digerir, despierta nuestro interés de una manera que algunas instituciones más grandes, cada vez más reacias al riesgo, no logran hacer. Y eso en sí es suficientemente bueno.