Lunes 28 de mayo del 2007 Cartas al Director

Alfaro y otros restos


Un funcionario ha dicho que “el cementerio, junto a todos los elementos que lo integran, es patrimonio cultural, por lo que no se puede mover ni una brizna de polvo sin violar la ley” confundiendo lamentablemente en forma por demás bobalicona, la infraestructura del cementerio con los miles de restos humanos que allí se guardan.

Los restos descansan en un hermoso mausoleo que le hace entera justicia, pero no por ello pertenecen al Patrimonio Cultural, ni al cementerio, ni a la Beneficencia, ni a la Municipalidad, ni a la familia, realmente no pertenecen a nadie en particular, ni siquiera a sus dos nietos que aún viven en Panamá totalmente alejados de los sucesos de nuestro convivir nacional.

Esos restos forman parte del inmenso patrimonio espiritual de la nación ecuatoriana formado por territorio, su gente y sus obras (las ciudades, pueblos y monumentos, las creaciones artísticas y culturales y, sobre todo, por la memoria histórica que es propiedad de todos los ecuatorianos. Y si el señor presidente Correa llevado por un justísimo y elevado sentimiento los reclama para hacerles un homenaje nacional aún mayor del que ya reciben en nuestro cementerio, ¿por qué impedir que se realice este grandioso traslado que serviría para enaltecer aún más la figura del Viejo Luchador ante los ojos de América?

En otras épocas los restos de grandes figuras han salido del cementerio de Guayaquil que les dio amable acogida. Tras el peregrinaje desde París donde falleció, los restos de Montalvo pasaron de Guayaquil a Ambato en 1932 pero como el clero de esa ciudad pensó que era contrario a la religión exhibir su cadáver en el interior de la casa familiar donde le habían construido un catafalco, un padre confesor de la beata Carmen Inés Barona la obligó a escribir tres cartas privadas a “su esposo Jesusito” para que no permita que en esa casa de corrupción sea ofendido. Pero, dado el carácter político del asunto, los munícipes ambateños recurrieron al civilizado arzobispo Manuel María Pólit, quien autorizó al Vicario de Ambato para que firme la esquela oficial de invitación, superando el impasse.

En 1953 se trasladaron a Esmeraldas los restos de Vargas Torres fusilado en Cuenca en 1887 y traídos en 1896 al cementerio guayaquileño por sus hermanos Concha Torres. Nadie se opuso. Y finalizo contando otro caso: en 1918 se formó una comisión de prestantes guayaquileños para que viajen a Lima y traigan los restos del triunviro de Octubre, Rafael Ximena Larrabeitia.

Al abrirse el ataúd la Comisión encontró al esqueleto en actitud de empujar la tapa con brazos y piernas y sus vestiduras desgarradas. ¿Qué había sucedido? Ximena había fallecido una mañana, a consecuencia de la caída de un caballo. El golpe en la nuca le había dejado inconsciente y los vecinos lo enterraron creyendo que estaba muerto. Se despertó horas más tarde y murió por asfixia. Sus restos yacen en una artísitica urna de bronce en nuestro cementerio.

Rodolfo Pérez Pimentel,
cronista vitalicio de Guayaquil, Guayaquil

 

Cartas al Director

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.