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Edición del DOMINGO 27 de Mayo del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Recuperando la autoestima
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Dr. Lenin E. Salmon | lsalmon@gye.satnet.net

Cada uno de nosotros tiene un concepto particular de la autoestima.

La podemos analizar a nivel personal (cuánto valemos, cuánto nos respetamos), a nivel familiar (qué ejemplos debemos darles a nuestros hijos), como sociedad (qué imagen proyectamos más allá de las fronteras); en fin, en cualquier escenario la autoestima es la percepción que tenemos de las cualidades representativas de nuestro yo, individual o colectivo. 

El énfasis en percepción se debe a que si poseemos cualidades y no las reconocemos, o no las utilizamos, actuaremos como si no las tuviéramos, y nuestra autoestima se afectará.  Por supuesto, nadie posee todas las cualidades, ni las que uno posee tienen todas el mismo nivel. 

Es más, la autoestima no es un rasgo heredado o fijo; es un proceso que empieza en la infancia, estimulado por los padres,  y continúa, con fluctuaciones, a lo largo de la vida. Los resultados de los eventos importantes que tenemos que enfrentar tienen una directa influencia sobre ella.

Normalmente nuestro nivel de autoestima no es un tema que nos preocupa diariamente, sobre todo cuando las cosas nos salen bien y nos sentimos relativamente satisfechos del resultado de lo que hacemos. 

Es cuando, por algún problema importante, la vida se nos hace cuesta arriba y nos sentimos desanimados, desmoralizados (“bajoneados”, dirían muchos jóvenes), que comenzamos a cuestionar nuestra  capacidad para manejarnos frente a la realidad. 

Si nos dejamos llevar por estas reacciones perjudiciales el cuadro se puede agravar por el deterioro de la autoconfianza al poner en práctica, sin la suficiente preparación,  intentos de solución que, al fracasar, profundizarían aún más nuestra sensación de impotencia e incompetencia. 

En el caso extremo se pueden presentar anomalías más serias, como cuando desorientadamente se piensa que la vida, o la sociedad, es cruel e insensible, culpable de lo que nos pasa, y por lo tanto merecedora de nuestro resentimiento y hostilidad. 

Las soluciones a la baja autoestima siempre están dentro de nosotros.

El primer paso, y el que considero más importante, es separar al hecho del hechor.  Si usted cometió un error involuntario, o un acto del cual se arrepiente, lo malo fue el hecho, no usted.  En ninguna parte está escrito que debemos ser perfectos, todos tenemos limitaciones y todos cometemos errores; admitirlos e intentar corregirlos no solo nos demostrará que estamos haciendo lo debido, devolviéndonos nuestro autorrespeto, sino que nos hará sentir con derecho a esperar mejores días. Otro paso importante es detenerse y contar sus bendiciones, es decir, hacer un recuento de todo lo positivo que rodea su vida, o sea, las actitudes de las que se siente orgulloso, metas que ha alcanzado, muestras de reconocimiento de personas significativas para usted, cosas importantes que ha hecho por otros. 

Ese es su respaldo para empujarse de regreso al camino principal cuando se sienta “encunetado”.   Jamás debe darle espacio a pensamientos como “soy un perdedor”, “no merezco ser feliz”, etcétera; si llegan a su mente, cámbielos instantáneamente por pensamientos favorables que pongan de relieve lo positivo de su vida.

Otra alternativa  es poner en práctica aquello que realiza con gusto y que solo depende de usted,  y hacerlo a menudo, ya sea caminar, trotar, visitar amigos positivos, arreglar algo dañado en la casa o en el carro, etcétera,  y sentirse bien después.  

No trate de ser otra persona:  sea usted mismo, mejorado. 

Pueden existir tantos pasos como se desee, la única condición es que deben tener en común la capacidad para estimular nuestra sensación de logro, alimento básico de la autoestima.  Como individuos, como parte de una familia o de una sociedad, nuestro autorrespeto es nuestro activo más valioso, nuestra identidad. 

Mantenerlo en el más alto nivel  debe ser nuestra obligación primordial.


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