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Edición del DOMINGO 27 de Mayo del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El ‘boom’ del ogro
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Texto: Ricardo Rivadeneira Carbo

Fito Páez va directo al grano. No anda con enigmas, palabras rebuscadas o filosofías baratas a lo Sabina.

El puede ser considerablemente claro en sus posturas, mientras que otras veces, va soltando pequeños sentimientos y premoniciones acerca de la vida, casi a cuenta gotas.

El Patito Feo de la música argentina trató de advertírnoslo cuando lanzó su disco Circo Beat de 1995 al evocar las grises impresiones de un séptimo arte en decadencia con la canción Si Disney despertase.

El pasado domingo, Cenicienta volvió a perder su zapatilla de cristal, al leer la noticia de que la tercera entrega de Shrek batió récord en la taquilla estadounidense al ganar 122 millones de dólares, convirtiéndola en el filme de animación más taquillero de la historia durante su primer fin de semana de estreno.

Esta especie de anomalía cinéfila no solo parece arrasar con el imaginario colectivo, sino que amenaza con descongelar el cuerpo criogenizado de Walt Disney.

Es que este monstruito se ha impregnado en nuestra cultura popular como olor a patio de comidas de centro comercial. Creado por William Steig en 1990, Shrek narra la historia de un ogro que encuentra amor y aventuras inesperadas cuando sale de su casa en el pantano a conocer el mundo.

Este ogro verde llegó a la pantalla grande de la mano de Andrew Adamson y la compañía Dreamworks Animation, principal rival de la corporación Disney en lo que a películas animadas se refiere. La primera cinta de Shrek (2001) se encuentra entre las diez películas más taquilleras en la historia.

El filme producido por el estudio encargado de traernos a Mickey Mouse, aparece en un lejano número 12 con Finding Nemo de 2003; si Disney despertase...

El éxito de esta saga se basa en satisfacer a su público. Atraen al adulto con sus bromas de doble sentido y alusiones a la cultura pop, mientras satisfacen a los más pequeños, manteniendo una historia lo suficientemente simple con personajes que enamoran.

Y es en esa satisfacción a los más grandes, donde Shrek no juega limpio; al burlarse de la mitología Disney y en todos los cimientos en lo que se basa la compañía. Este tipo de películas obligan al espectador a crecer, a burlarse de todo aquello que lo hizo soñar mientras crecía.

Este ogro no solo aplasta nuestra imaginación cortándonos las alas, sino que cubre sus intenciones con una ambigua moraleja de la belleza externa e interna prostituida de manera magistral por los estudios Disney con su versión de La Bella y la Bestia.

Todo aquel que lloró cuando la mamá de Bambi murió en la mitad de un desconsolador bosque, se aterrorizó de la crueldad inhumana de la bruja de Blanca Nieves, se ruborizó con la soltura de faldas de Pocahontas y se unió a la búsqueda submarina de Nemo no pueden disfrutar de Shrek de la misma manera, por el simple hecho de que mata a apuñaladas traicioneras a nuestro Peter Pan.

Con el paso de los años nos alejamos más y más de La Tierra del Nunca Jamás. Poco a poco nos vamos convirtiendo en la versión “Spielbergiana” de este clásico infantil. Un Peter mucho más viejo, más gordo, menos sensible y con una rabia interna que ni el más fino o destilado líquido sensorial puede aliviar.

El problema no es que crecimos sino que nos hicieron crecer. La culpa no fue del Capitán Garfio, sino de nosotros mismos y nuestra suave y decadente entrega a lo que nuestra realidad nos ofrece.

Les garantizo que si van a ver Shrek la van a pasar bien, se van a reir y saldrán de la sala de cine a contarles a sus amigos lo chistoso que es Antonio Banderas interpretando al Gato con Botas.

Pero cuando esa persona se encuentre arropado en su pequeño mundo nocturno, a punto de cerrar los ojos y desdoblarse hacia la dimensión de los sueños, no tendrá visiones de mágicos reinos entre nubes, elefantes voladores, enanos esquizofrénicos ni hadas madrinas, sino que verá la imagen de un burro parlanchín con problemas de flatulencia y una tumba gris y maltrecha que se autosentencia con el siguiente epitafio: Aquí yace Peter Pan.


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