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Señor Presidente |
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Alguna vez le insinué que “quien siembra vientos cosecha tempestades”, es decir, que el bien y el mal producen resultados según los planten. Recuerde todos los epítetos con que estigmatizó a quienes discreparon: “fuerza de vivos”, “prensa corrupta”, “periodistas mediocres”, “cómplices del atraco bancario”, “pelucones”. Este último, probablemente el único halagüeño, pues, lo endilga a quienes viven bien, producen bienes y generan empleo, son miembros del Club de la Unión, de la Junta de Beneficencia, de la Junta Cívica o de las cámaras de la producción.
No oculta su autoritarismo cuando al declarar públicamente el destino que dará al producto de su demanda al Banco Pichincha: “Si el pueblo ecuatoriano quiere, puedo donar esa plata, pero mi principal deber es darle seguridad económica a mi familia que ha sufrido por eso”, expulsa a su invitado Emilio Palacio por repetir esta afirmación suya, sentenciando: “¿Entonces la libertad de expresión es permitirle que siga ofendiéndome? Si no fuera Presidente le hubiera respondido hace rato de otra forma, agradezca que soy Presidente”.
Con esto olvida que esa condición también pudo haber sido un impedimento para que los vejados le pidan cuentas o le administren su propia medicina. Y finalmente, declara que si la prensa continúa mintiendo, la llamará mentirosa “y si por eso me tengo que ir a la casa, pues me voy”. Con esto no faltarán quienes le rueguen que los haga felices y eso no es bueno.
Parecen actitudes más propias en un niño impúber, maleducado, que de un adulto. Le da berrinche, si no lo satisfacen comprándole algún juguete; patalea y amenaza con irse de la casa si no es complacido. Posturas que viniendo de quien ejerce la Primera Magistratura, constituyen una flagrante agresión a la majestad de la República, al más alto rango que podemos aspirar los ecuatorianos. Nos expone a todos, ricos y pobres, partidarios o no, a ser objeto de burla en el mundo, como ha osado hacerlo la ex Canciller colombiana.
Relaciono su proceder con Jaime Roldós Aguilera y encuentro que nunca instigó a estudiantes a faltar el respeto a la nación y pese a que no fui su partidario, lo admiré siempre porque desde que era un estudiante luchó palmo a palmo en las calles por alcanzar la Presidencia y cuando lo logró, la respetó e hizo respetar sin desplante alguno. El cargo no le cayó del cielo como resultado de una práctica política torpe que durante décadas nos ha frustrado, sino que la conquistó desde el mitin político, desde una ideología, protestando con valentía, civismo y fervor patrio. Y pese a haber crecido políticamente en contacto con el vulgo, con su lenguaje y actitudes, y a no tener todos los títulos académicos que tiene, jamás abandonó la compostura reverente hacia su elevado rango, ni descendió a la diatriba ni al calificativo ofensivo.
En el breve término que lo ejerció demostró haberlo ganado por su capacidad, honestidad, educación, respeto al prójimo, mas no con el voto de un Ecuador contra otro sino con la democracia, con la cual gobernó para todos los ecuatorianos sin excepciones. Muchos sentimos pena por nuestro país, pues, el precioso tiempo que demanda para alcanzar la justicia y su desarrollo pleno, se desperdicia impunemente. |
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| Randal C. Arbhibold y Julia Preston |
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| Manuel Ignacio Gómez Lecaro |
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