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MIÉRCOLES | 23 de mayo del 2007 | Guayaquil, Ecuador
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Nelsa Curbelo | nelsa@telconet.net
La compasión social
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Este es un país que genera constantemente noticias. La velocidad de acontecimientos hace que casi nos vacunemos frente a la posible andanada de noticias preocupantes y cuando imaginamos que podremos descansar un poco, nuevamente se presentan otros escenarios conflictivos. Eso nos hace vivir en el día a día sin poder pensarnos personal y colectivamente en un proyecto común a futuro y menos a largo plazo. Tierra de volcanes y temblores, de lluvias torrenciales y sequías prolongadas, parece que la geografía tiene que ver con la capacidad de resistencia y de sobrevivencia que sus habitantes tienen a los aconteceres políticos, sociales, económicos  que  la sacuden sin tiempo para  asimilar y analizar  debidamente lo vivido.

En medio de esta vorágine, el Ministerio de Trabajo,  la Fenacle y la Fenocin lanzaron el programa de prevención y erradicación del trabajo infantil en la actividad bananera en el país.  Más de 31.000 niños y adolescentes hacen, según la Organización Internacional del Trabajo, labores intolerables en la producción bananera del Ecuador, pues no han cumplido la edad mínima para hacerlo o desempeñan actividades peligrosas, superiores a sus fuerzas y están expuestos a químicos que comprometen su salud actual y futura.

En el mundo 220 millones de niños trabajan en condiciones deplorables, otros millones sufren explotación sexual y otros millones son víctimas de tráfico y de muerte. Algunos,  cuyas familias se desconocen,  son utilizados en el tráfico de órganos. Una sociedad que llega a sacrificar sus niños para mantener con vida a pacientes adinerados está francamente desquiciada. Como desquiciada está cuando alimenta la morbosidad de sus habitantes, con fotos pornográficas en primera página y en primera plana. Las niñas y niños prostituidos son también  consecuencia de la irresponsabilidad mediática, que luego se rasga las vestiduras frente a hechos que nos conmueve a todos.

Qué podemos pedir como cosecha cuando se siembra como valor indiscutible el tener sin vincularlo con el ser.

Cuando llegué a vivir en la Ferroviaria, el vecino barrio de San Pedro tenía en la explotación de las canteras de piedra una fuente de recursos para sus moradores. Una foto de un niño cargando un inmenso bloque, doblado bajo su peso, estaba en la oficina del Padre Pepe. Los veía a diario, pero no quería olvidarlo. Por eso el altar de la iglesia eran piedras brutas sacadas del cerro, sin tallar y sin pegar con cemento. Quería que la celebración del  sacrificio de Cristo se asentara sobre las piedras fruto de tanto trabajo, fatiga y dolor humano. Cuando falleció,  su féretro fue colocado sobre esas mismas piedras. Al comienzo no lo entendía. Soy sensible a la belleza,  a la armonía de colores, y no me parecían bellas esas piedras. No había entrado en su corazón. No había intentado descifrar  cómo habían llegado hasta allí. Ni qué rostros estaban escondidos en ellas.

Ahora, con más años y con una mirada que envejece pero se hace más transparente comienzo a entender…

Tal vez será necesario que gobernantes y políticos incluyan la compasión social en las agendas de gobierno y de partidos.

Mientras tanto,  los cambios dependerán de los actos de solidaridad y los gestos de compasión, que cada uno pueda realizar allí donde vive.

Aunque se los considere pequeños, porque no tienen impacto en los medios de comunicación ni cambian estructuras,  siempre serán grandes. Logran hacer que la sonrisa no se oculte detrás de las sonrisas sino que ilumine rostros y miradas. Cambian vidas. Y una sola de ellas contiene en sí todo el universo.
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