|
Suplementos
Servicios
|
 |
 |
 |
| Thomas L. Friedman | |
Opinión Internacional | |
 |
|
|
 |
Fallando con el ejemplo |
|
| |
Cada vez que Bush y Cheney debieron decidir entre buscar una ventaja política interna o actuar de una manera bipartidista para adquirir mayor unidad, tiempo y espacio para hacer todo el duro trabajo que hace falta en Iraq, optaron por la ventaja política.
Si ustedes quieren saber por qué los estadounidenses estamos perdiendo la guerra en Iraq, lean este artículo que se publicó en la primera plana del New York Times el sábado antepasado. Empezaba más o menos así:
“Hace dos años, Robin C. Ashton, curtida fiscal penal en el Departamento de Justicia de Estados Unidos, se enteró a través de su jefa que un ascenso prometido ya no era suyo. Tienes un problema: Mónica, le dijeron a Ashton. Refiriéndose a Mónica M. Goodling, abogada de 31 años de edad, relativamente inexperta, quien apenas había llegado en fecha reciente a la oficina, la jefa agregó: Ella cree que eres una demócrata y siente que no se puede confiar en ti. La salida de Ashton –ella se marchó en busca de otro puesto en el Departamento de Justicia, dos semanas más tarde– fue uno de los primeros y cruciales pasos en un plan que, más tarde, culminaría en la expulsión de nueve fiscales estadounidenses el año pasado.
“Al poco tiempo, la señora Goodling estaba interrogando a los aspirantes a empleos en el servicio civil en las oficinas centrales del Departamento de Justicia con preguntas que, a decir de varios procuradores estadounidenses, eran inapropiadas, como quiénes eran su presidente y su presidente de la Suprema Corte favoritos. Un oficial de este departamento destacó que incluso a uno de los aspirantes le preguntaron: ¿Alguna vez has engañado a tu esposa? Goodling también tomó medidas para obstruir la contratación de fiscales cuyos currículum vitae insinuaran que pudieran ser demócratas, aun cuando estuvieran buscando puestos que supuestamente no eran de tipo partidista”.
¿Qué tiene esto que ver con Iraq? Mucho. Uno de los indicadores que la administración Bush ha estado exhortando al Gobierno iraquí a cumplir es la rescisión de su extenso programa de “debaathificación”; esto es, la purga generalizada de baathistas, miembros del partido de Saddam Hussein, tras su caída, lo cual ha alejado a muchos suníes y obstaculizado la reconciliación nacional.
Pero al tiempo que el equipo de Bush ha estado sermoneando a los iraquíes chiíes para que limiten la expulsión de ex integrantes baathistas en Bagdad, ha estado llevando a cabo su propia “de-democratización” en el Departamento de Justicia, en Washington. Sentiríamos que hemos fallado en Iraq si leyéramos que integrantes suníes estaban siendo purgados del Ministerio de Justicia de Iraq por parte de integrantes de la línea dura de chiíes leales a Muqtada al-Sadr; sin embargo, el equivalente moral de eso es exactamente lo que la administración Bush estuvo haciendo aquí. ¿Qué clase de ejemplo es ese para los iraquíes?
Y esto no fue solamente un problema de Washington. Lean el sobresaliente libro Vida imperial en la Ciudad Esmeralda, escrito por Rajiv Chandrasekaran, que detalla el grado hasta el cual los estadounidenses reclutados para trabajar en la Coalición de la Autoridad Provisional en Bagdad fueron elegidos, a veces por su lealtad al republicanismo en vez de su experiencia en el islamismo. “Dos integrantes de la Autoridad Provisional dijeron que les habían preguntado si apoyaban el caso Roe vs. Wade (que permitió la legalización del aborto en Estados Unidos) y si habían votado por George W. Bush”, escribió.
Sin embargo, este grado de partidismo –lealtad por encima de la calificación de los funcionarios– fue destructivo en una forma aun mayor. Además, privó al equipo de Bush del respaldo que necesitaba cuando la situación en Iraq no resultó tan fácil como había anticipado.
Estados Unidos, solamente unido podría tener la paciencia y fortaleza para sanar a un dividido Iraq y nosotros sencillamente no tenemos eso hoy en día. ¿Por qué? Porque George W. Bush y Dick Cheney le pidieron a todos que dejaran su ideología política atrás cuando se tratara de Iraq, debido a que la victoria allá era de suma importancia; pero ellos no lo hicieron. Argumentaron que la guerra en Iraq era el frente central de la lucha más importante de nuestra era, una guerra inusual, una guerra en contra del terrorismo y las patologías que los producen, pero, al mismo tiempo, ellos se complacieron en su rancia ideología, como de costumbre.
De hecho creyeron que podrían unir Iraq al mismo tiempo que dividían Estados Unidos.
Cada vez que Bush y Cheney debieron decidir entre buscar una ventaja política interna o actuar de una manera bipartidista para adquirir mayor unidad, tiempo y espacio para hacer todo el duro trabajo que hace falta en Iraq, optaron por la ventaja política.
Cuando Franklin Roosevelt peleó la II Guerra Mundial, convirtió a un republicano conservador, Henry Stimson, en su secretario de Guerra e hizo todo lo que estuvo en su poder por mantener unido al país. El equipo Bush-Cheney, por contraste, nos convocó a un Día D (en referencia al desembarco aliado en Normandía durante la guerra) y después trató el asunto como si fuera meramente otro tema político que crea división.
Eso no ha funcionado. Como lo expresó Leon Weiseltier, el editor literario de The New Republic: “No es posible gobernar como Winston Churchill una parte del tiempo y como Grover Norquist (ultraconservador norteamericano vinculado a denuncias de fraude) la mayor parte del tiempo”.
Los demócratas deben tener cuidado, sin embargo, en cuanto a no permitir que su ira hacia la hipocresía de Bush los vuelva completamente locos, y los ciegue ante el hecho de aún necesitamos un plan creíble para lidiar con la amenaza muy real para las sociedades abiertas que representa el terrorismo islamista. Sin embargo, yo entiendo esa ira. Después de todo, ¿quién puede pedirles a más soldados que sacrifiquen sus vidas en Iraq por un Gobierno que ni siquiera sacrificaría su política?
© The New York Times News Service |
|
 |
|