El lunes por la noche se reunieron alrededor de 100 personas, alertadas por páginas de MySpace y blogs de música, para un concierto de los Yeah Yeah Yeahs, dentro del GlassLands Gallery, una bodega acondicionada, en Williamsburg, Brooklyn. Durante una hora, la cantante Karen O cantó, gritó y bailó sobre un escenario improvisado. Con frecuencia se mezclaba entre el público, que se encontraba a escasos metros de distancia. Para cerrar la presentación, mientras sus compañeros de grupo tocaban, O hizo desfilar a la mayor parte de la multitud hacia un callejón detrás del edificio, un momento musical tan íntimo como el más experimentado por cualquier estrella de rock.
“Ya casi nunca nos presentamos en lugares pequeños, aunque éste definitivamente es especial y personal”, comentó O.
“Mi tipo favorito de fiesta o de espectáculo es una función íntima. Esto es lo más cerca que se puede estar”.
Entre la fluctuante energía que actualmente define el mundo de la música en Nueva York —donde la lamentable desaparición de un club es compensada con la llamativa inauguración de otro— se puede encontrar a muchos artistas completamente fuera de ese terreno de juego.
Se presentan en sitios remotos como bodegas, azoteas, departamentos o dentro de un silo para petróleo, en Brooklyn.
Los fans de la música con recursos limitados y un gusto por la aventura esperan con ansias la temporada de conciertos de verano, que está por convertir a los parques y otros espacios públicos de la ciudad en jolgorios musicales.Pero ya hay muchos lugares donde se puede ver a bandas por poco dinero, sin localidades agotadas, cargos adicionales por los boletos ni revisiones de seguridad. (Incluso hay cerveza barata.) “Cualquier cosa es un local para que alguien se presente”, dijo el promotor Rick Patrick, conocido profesionalmente como Todd P. Durante seis años, su misión ha sido programar música en sitios remotos, desde bares de mala muerte en el vecindario Greenpoint, en Brooklyn, hasta iglesias luteranas y pisos privados. Hoay conocido como el gurú de los lugares alternativos de Nueva York, ha ampliado ahora sus operaciones para trabajar con grupos en el umbral del estrellato (Animal Collective, a quien contrató en el 2005) y hasta grupos conocidos en todo Estados Unidos (Oneida, Trans Am) en grandes clubes como el Studio B, en Brooklyn, lo que le ha valido la atención de la industria de la música.
El sello distintivo de Patrick aún es el concierto barato estilo “hágalo usted mismo”, promovido a través de su sitio en Internet (toddpnyc.com), su lista de correo electrónico, y listados en MySpace, blogs y periódicos. Patrick, de 31 años, esencialmente opera solo, aunque tiene practicantes que venden boletos (rara vez de más de diez dólares) y colocan sellos en las manos (sólo monta espectáculos aptos para toda la familia).
“Si un club es el lugar apropiado, entre comillas, para ver música, ¿por qué se divierte la gente mucho más en una bodega?”, preguntó.
Típico fue un fin de semana a principios de mayo. El sábado por la noche organizó espectáculos en dos espacios inesperados: un restaurante ecuatoriano frente a un conjunto de viviendas de interés social, en Bushwick, y un departamento en un piso, en Ridgewood. Ambos atrajeron a varios cientos de personas.
El restaurante, Don Pedro, tenía un pequeño escenario, en la parte trasera, donde Cass McCombs se presentó ante un lleno total.
En el piso, hubo aún menos distancia. El cantante principal, Dan Deacon, rockero de fiestas electrónicas, oriundo de Baltimore, cantó sobre un pedazo de alfombra en el centro del lugar. No hubo escenario o guardia que lo separaran de su público, que pululaba, bailando, a su alrededor.
Deacon, de 25 años, le adjudica el crédito a Patrick de haber ayudado a impulsar su carrera, de ser una novedad desconocida a espectáculo principal (se presentó en el Mercury Lounge, un importante club nocturno, a principios de mayo). “Él ayuda, más que cualquier otra persona que yo conozca, a que bandas de fuera de la ciudad tengan una oportunidad y se vuelvan conocidas en Nueva York”, comentó Deacon.
Patrick toma el 10 por ciento, antes de gastos, y el resto va para los artistas. Y, comentó, “casi siempre hay una fiesta después”.