La aventura comienza con una llamada telefónica anónima. “Escuche con atención”, susurra una voz, con marcado acento neoyorquino, antes de revelar la ubicación de un punto de reunión ultra secreto. “Anótelo, quémelo y cómase las cenizas. ¿Entendió?”.
¿Cómo termina uno enredado en esta trama criminal? De la misma manera en que puede terminar bailando al ritmo de una canción de Madonna, en un baile escolar de fin de año, tomando con familiares, en un velorio irlandés o resolviendo un misterio, en una mansión victoriana. Estás en el teatro.
“Accomplice: New York”, una combinación de recorrido guiado a pie y película sobre mafiosos que tiene como enorme escenario la zona sur de Manhattan, es parte de lo que se ha convertido en uno de los pocos géneros consistentemente —y, para algunos, desconcertantemente— populares fuera de Broadway: el teatro interactivo.
En un momento cultural en que los televidentes, en Estados Unidos, eligen al siguiente “American Idol” y la revista Time lo celebra a Usted como su Personaje del Año, los asistentes al teatro tienen más oportunidades que nunca de ser las estrellas del espectáculo.
Realizan pasos de break dance en la obra con tema ochentero, “Awesome ‘80s Prom”, y lanzan piropos y miradas lascivas a las muchachas de “Birdy’s Bachelorette Party” y “The Fantasy Party”.
La participación del público data de hace mucho, pero este modelo en particular realmente no cobró fuerza hasta el estreno de “Tony ‘n’ Tina’s Wedding”, que ha estado en cartelera desde 1988. Éste buscaba salvar la brecha entre la audiencia y los actores. Desde entonces, el teatro interactivo se ha endurecido hasta convertirse en una fórmula, con frecuencia burda, que presenta una trama débil sujeta con alfileres por algunos personajes estereotípicos (la porrista fácil, el irlandés borracho) quienes interactúan con y animan al público a seguirles la corriente.
“Accomplice”, que inició su tercera temporada este mes, anima al público a salir completamente del teatro. Mediante una narrativa sombría y medio incoherente, pide a los espectadores que se trasladen a lo recóndito del Barrio Chino, la trastienda de un restaurante en el barrio italiano e incluso al puente de Brooklyn. En el trayecto, los miembros del público (no más de diez personas por función) deben descifrar enigmas e interpretar mapas para seguir la sinuosa ruta.
Cada boleto cuesta 50 dólares, y su reciente mención en un popular programa de entrevistas matutino de Estados Unidos creó demanda por los boletos entre turistas de todo el mundo. (El sitio en Internet de la compañía es accomplicenewyork.com).
Tom Salamon, uno de los creadores de la obra, compara la experiencia con la de la televisión de realidad. “Como que cuando ves ‘Survivor’, a cierto nivel te preguntas cómo reaccionarías en estas situaciones. Eso es parte del atractivo”, dijo. “Se vive gran parte del entretenimiento en carne propia. La gente quiere salir de las butacas”.