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Bañan al arte clásico con nueva luz

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Las galerías griegas y romanas restauradas reabrieron recientemente en el Museo Metropolitano. Un busto del Emperador Constantino I.
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Mayo 20, 2007

Hace poco, a propósito de las magníficas galerías nuevas, bañadas en luz, para el arte griego y romano en el Museo Metropolitano de Arte, un amigo me envió un pasaje de Virgilio por correo electrónico.

En él, Eneas, que huyó de la guerra de Troya, llegó a Cártago y encontró en construcción un templo para Juno. Abrió con un empujón las grandes puertas de bronce del templo (“lo que hizo chirriar las bisagras”, reporta Virgilio) y “por primera vez, se atrevió a tener la esperanza de vivir”.

Quedó maravillado ante la destreza de los artesanos y la nobleza y precisión de una pintura de la guerra. Empezó a llorar.

El poder del arte antiguo tiene que ver con su capacidad, como lo expresó mi amigo, “de encarnar grandes actos y comunicar su dimensión humana”. Roma se convirtió en el modelo para la cultura occidental desde el Renacimiento hasta el Siglo de las Luces.

Al igual que innumerables instituciones públicas en Estados Unidos, el Met imitó a Roma porque ésta representaba el orden cívico, el imperio y la razón. Roma era un estándar contra el que se podía medir otras culturas, entre ellas la estadounidense.

Los artistas occidentales siempre lo habían hecho así, desde Miguel Ángel, que aspiraba a igualar el torso de Belvedere, hasta Picasso, cuya “Mujer en blanco”, en el Met, es inimaginable sin el arte clásico.

Pasar de las galerías griegas y romanas al Picasso es algo que sólo se puede hacer allí. Willem de Kooning y Arshile Gorky solían frecuentar estas galerías durante los 30 y 40 y les encantaban los frescos pompeyanos, cuya influencia se puede ver en sus obras, a poca distancia de los primeros.

Sería errado afirmar que todo lo que se exhibe es maravilloso. La colección griega y romana del Met es enorme, pero no como las colecciones en Atenas, Roma, Nápoles, Londres, París o Berlín, construidas en torno a obras maestras estupendas.

Se puede decir, no obstante, que cuenta la historia completa. Con las galerías griegas, terminadas hace ocho años, la antigüedad occidental desde la Edad del Bronce hasta el reinado de Constantino actualmente se expone en un orden lógico y majestuoso.

En total, hay 5.300 metros cuadrados de espacio de exhibición para la antigüedad clásica y alrededor de 2.800 metros cuadrados sólo para Roma. Se puede salir de Roma para entrar al arte africano, luego pasar directamente al arte moderno, que dependió tanto de Roma como de África.

Ese itinerario, con una riqueza de detalles y al que se llegó con el paso de los años al tiempo que evolucionaba el Met, aboga fuertemente a favor del museo universal, un concepto recientemente atacado por abogados, arqueólogos y defensores del nacionalismo.

El arte saqueado, que se demuestre fue robado, debe ser repatriado. Pero el patrimonio cultural pertenece a estados modernos que ocupan tierras donde antes había culturas antiguas sólo en un estrecho sentido legal.

Los objetos tienen un significado para quienes los crearon, otros significados para quienes los hallan o compran siglos después, y otros más para quienes se encuentran con ellos en un museo. Sus diferentes trayectorias aseguran la inmortalidad. El creciente nacionalismo es una tendencia alarmante en este respecto.

Los arqueólogos que actualmente argumentan que las antigüedades son mejor servidas en la tierra de donde vinieron que dispersas entre museos públicos, como el Met, dan a entender que prefieren que el pasado siga enterrado.

Philippe de Montebello, director del Met, ha hecho un bien incalculable al llevar a cabo este proyecto, que en tantas maneras va contra la corriente. Se trata de reiterar un ideal para el arte y para el museo, de ensalzar la colección, que es la herencia cultural del público, y de hacer lo difícil porque es lo correcto.

En lo que se llama el Hellenistic Treasury (Galería del tesoro helenístico), hay una estatuilla de una bailarina que luce una máscara. Es una pequeña escultura de bronce, que no alcanza los 23 centímetros de altura. Envuelta en capas de tela, gira como un sacacorchos, su cuerpo —la curva de su espalda, sus glúteos y muslos atléticos— delineado por su ropa. Un velo de lo más delgado oculta su rostro, y su cabeza se inclina discretamente detrás de un hombro, mientras emerge un pie con una zapatilla, de manera sugestiva, debajo de su vestido.

Es toda virtuosidad y gracia. Se puede detectar en esculturas de Matisse y Richard Serra la influencia de su complicada elocuencia, transformada y transmutada por intermediarios como Borromini y Canova.

Si uno quiere saber por qué el arte griego y romano tienen una importancia eterna, ella es la respuesta.


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