Los viajes de negocios son muy parecidos a los viajes espaciales. Yo lo sé, pues solía dirigir el programa de medidas anti fatiga, en la NASA, donde estudiábamos los efectos de los viajes espaciales en los astronautas.
Y como científico independiente, viajo constantemente por negocios, así que veo cómo los viajeros frecuentes enfrentan el agotamiento.
La fatiga que uno siente es prácticamente la misma, ya sea que esté en un avión de ciudad a ciudad o en un transbordador espacial.
Uno pierde sueño y su reloj interno se altera. Los viajeros frecuentes empeoran las cosas al no hacer nada respecto a los efectos del cambio de horario, o beber demasiado, o tomar suplementos herbales que no funcionan.
Una de las peores cosas que hacen es no tomarse los días de vacaciones que se merecen.
Cuando se toma todo en cuenta, un viaje de negocios puede ser mucho más agotador que una misión espacial promedio.
Ningún viajero de negocios reacciona ante el agotamiento de la misma manera.
Por ejemplo, cuando estoy extremadamente fatigado, todo se desacelera. Hace unos años volé de San Antonio a Estocolmo para una conferencia acerca de la investigación del sueño. Estuve despierto 22 horas y, cuando aterrizamos, todo parecía moverse más lento.
La puerta de la cabina tardó una eternidad en abrirse, la gente salía del avión a paso tortuga y hasta yo parecía ir en cámara lenta.
“¿Dónde nos quedamos de ver?”, le pregunté a una representante de la conferencia que nos recibió en el aeropuerto.
Sus labios se movieron, pero los sonidos no coincidían. “Juuunto al carruseeeel del equipaaaaaaje”, dijo.
Fue en ese momento que me di cuenta de que estaba cansado en exceso y necesitaba dormir de inmediato.
Con los viajeros de negocios, uno ve dos tipos de comportamientos cuando están demasiado cansados: se vuelven retraídos o irritables. Cuando están irritables, es cuando suceden cosas malas.
En un vuelo de San Francisco a Londres, recientemente vi a dos adultos, quienes obviamente sufrían por la falta de sueño, que luchaban en silencio por un descansa brazos. Uno de los pasajeros movía su brazo y entonces el otro rápidamente se movía a ese espacio para reclamarlo. Finalmente, ambos se quedaron dormidos y sus brazos cayeron. El descansa brazos quedó vacío.
He aquí lo extraño: sucedió en la clase ejecutiva, donde hay bastante espacio para los brazos de todo mundo.
El ejemplo más extremo de falta de sueño que he visto me sucedió hace años, cuando una reportera de televisión me pidió que monitoreara su experimento de permanecer despierta tres días completos.
El tercer día, caminábamos después del anochecer en el campus de la Universidad de Stanford, en Palo Alto, y nos detuvimos en la librería.
“¡Mira las bailarinas de hula!”, dijo mientras señalaba al estático escaparate con libros. Obviamente alucinaba.
Unos minutos después, un OVNI aterrizó en una plaza del centro. La reportera sonrió y me preguntó si quería ir a dar un paseo en él. “Vamos”, dijo. “Tú primero”.
“No”, respondí. Observé el oscuro vacío en medio de la plaza. “Después de ti”.