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Ingenio inca logra salvar desfiladeros

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Los incas desarrollaron sus puentes colgantes, que aparecen en un grabado de 1877, sin influencia externa y siglos antes de que se construyeran versiones modernas, como el puente George Washington de Nueva York.
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Mayo 20, 2007

Por JOHN NOBLE WILFORD | CAMBRIDGE, Massachusetts

Los conquistadores españoles llegaron, vieron y quedaron asombrados. Nunca habían visto, en Europa, algo semejante a los puentes de Perú. Los historiadores escribieron que los soldados españoles se quedaron impactados e intimidados ante los tramos de cables de fibra trenzados, tendidos y suspendidos de un lado a otro de profundos desfiladeros en los Andes, puentes estrechos que se mecían y lucían tan frágiles.

Los puentes colgantes eran eslabones familiares y vitales en el enorme imperio de los incas, como lo habían sido para las culturas andinas durante cientos de años antes de la llegada de los españoles, en 1532. Aunque el pueblo no había desarrollado el arco de piedra ni los vehículos con ruedas, eran unos expertos en el uso de fibras naturales para telas, botes y hondas, e incluso llevaban inventarios mediante un sistema de nudos previo a la escritura.

Por lo tanto, los puentes hechos de cuerdas de fibras naturales, algunas tan gruesas como el torso de un hombre, constituían la solución tecnológica para el problema de la construcción de caminos en terreno escabroso. Según algunos cálculos, al menos 200 de esos puentes colgantes franqueaban hondonadas de ríos, en el siglo XVI. Uno de estos últimos puentes, sobre el río Apurímac, inspiró la novela “El puente de San Luis Rey”, de Thornton Wilder.

Aunque los académicos han estudiado la importancia del sistema de caminos de los incas para forjar y controlar el imperio precolombino, John A. Ochsendorf, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, dijo: “Historiadores y arqueólogos han descuidado el papel de los puentes”.

La investigación de Ochsendorf sobre los puentes colgantes incas, iniciada cuando era estudiante de la Universidad Cornell, en Ithaca, Nueva York, ilustra el enfoque a la arqueología de una universidad de ingeniería, al combinar la ciencia de los materiales y la experimentación con el tradicional trabajo de campo de observar y fechar artefactos. Otras investigaciones realizan trabajos en materiales arqueológicos, pero desde hace mucho ésta ha sido una especialidad en el MIT.

En el caso de los puentes peruanos, los constructores dependían de una tecnología idónea para el problema y sus recursos.

Los mismos españoles demostraron lo apropiado que era la técnica peruana. Ochsendorf, especialista en arquitectura e ingeniería tempranas, dijo que el gobierno colonial muchas veces trató de levantar puentes de arcos europeos a través de los cañones, y cada intento terminó en fracaso hasta que se aplicaron fierro y acero a la construcción de puentes. Los peruanos, al no saber nada de arcos o metalurgia del fierro, dependieron, en cambio, de lo que mejor conocían: fibras de algodón, pastos y árboles jóvenes, y lana de llama y alpaca.

Los puentes colgantes incas lograron tramos libres de al menos 50 metros, y probablemente mucho mayores. Eso representaba una distancia mayor que cualquier puente de albañilería europeo de esa época.

Ochsendorf dijo que, aunque, al parecer, los peruanos inventaron sus puentes de fibras independientemente de influencias externas, no fueron los primeros en su tipo.

En un reciente documento de investigación, Ochsendorf escribió: “Los incas fueron la única civilización americana antigua en desarrollar los puentes colgantes.

Existían puentes similares en otras regiones montañosas del mundo, más notablemente en el Himalaya y en la China antigua, donde existieron puentes colgantes de cadenas de fierro en el siglo III antes de Cristo”.

En su libro de 1984, “The Inka Road System”, John Hyslop, quien era funcionario del Instituto de Investigación Andina y asociado con el Museo Americano de Historia Natural, compiló descripciones de los puentes incas, registradas por los primeros viajeros.

Garcilasco de la Vega reportó, en 1604, sobre las técnicas de elaboración de cables. Las fibras, escribió, eran trenzadas para formar cuerdas del largo necesario para el puente. Tres de estas cuerdas eran unidas para hacer una cuerda más grande, y tres de éstas volvían a ser trenzadas para tener una todavía más grande y así sucesivamente.

Los cables gruesos eran pasados de uno a otro lado del río con cuerdas pequeñas y sujetados a contrafuertes de piedra en cada lado.

Tres de los cables gruesos servían como el piso del puente, otros dos servían como pasamanos y se ataban pedazos de madera al piso de cable. Finalmente, el piso era cubierto con ramas para proporcionarles mejor pisada a las bestias de carga.

Más ramas y pedazos de madera eran ensartados para hacer muros a todo lo largo del puente. La pared lateral, explicó un historiador, era tal que “si un caballo caía sobre sus cuatro patas, no se caía del puente”.

No obstante, se necesitó de algún tiempo para que los españoles se adaptaran a los puentes y convencieran a sus caballos para que los cruzaran. Los puentes se estremecían bajo las patas de los equinos y se tambaleaban peligrosamente con los vientos fuertes.

Los viajeros señalaron que, en muchos casos, había dos puentes colgantes lado a lado. Algunos decían que uno era para los señores feudales y nobles, el otro para los plebeyos; o uno para los hombres, y el otro para las mujeres. Recientemente, los expertos han sugerido que era más probable que un puente sirviera como reserva, si se considera la necesidad de frecuentes reparaciones de cuerdas deshilachadas o desgastadas. El último puente colgante inca que existe, en Huinchiri, cerca de Cuzco, es reconstruido prácticamente cada año durante un festival de tres días.


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